PERONISMO: INTEMPERIE Y DISIDENCIA

 

Marcelo Padilla

 

En nombre del peronismo (bue…) un rosario interminable: gansos, garcas, conservas de la simbología, defensores y guardianes de las frases de Perón, fotos, árbol genealógico, “emprendedores”. Aunque pareciera anacrónico para las coyunturas electorales (hoy no sirve el bombo) siempre se reinventa, por eso a veces se esconde, da vergüenza para los demás y también para los propios. Voy a arriesgar una hipótesis anticipatoriamente abierta:

la naturaleza del peronismo es disidente por condiciones materiales de aparición (situación objetiva) y por cómo las masas populares se apropian del peronismo para transformar aquella situación objetiva, al menos intervenirla y hacer uso de la autonomía relativa que le permiten las correlaciones de fuerzas sociales, políticas, culturales y económicas dominantes en la mayoría del tiempo histórico, el peronismo fabrica puentes de comunidad a comunidad, haciéndose cargo del sentido de pertenencia del más débil cuando la desolación, la intemperie económica, y de sentido, toca su fondo (situación subjetiva). Lo disruptivo, o, como ahora se dice: “disidente”. El peronismo es disidente también por sus condiciones de posibilidad.

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El devenir, desde su aparición institucional y pagana, permite la analogía. Se los persiguió desde su nacimiento, proscriptos diecisiete años y prohibidos, no sólo el partido político sino principalmente su cultura que sembró el movimiento que no es otra que el reconocimiento, el registro del otro para auxiliarlo primero y empoderarlo en el vaivén de la historia, en el estar siendo en las grandes poblaciones de los suburbios. Estuvo prohibido decir “soy peronista” como lo estuvo decir “soy puto”, hoy pasa algo muy coincidente. Por eso han asesinado a miles de miles de disidentes, particulares pero también colectivos, el peronismo entonces también sería como una gran tumba para los pobres y disidentes, una tumba o un gran cementerio para disidentes, letánico tránsito de la existencia, benefactora existencia y, para anónimos sin nicho seguro, con diversidad de epitafios, kusheanos en esas flores de plástico, botellas con agua turbia, tabaco y whisky, alhajas, vestidos de novias y chupetes, motos, bicicletas. Donde van a morir los anónimos para cobrar una identidad colectiva. Los sin nombre legal ni real, los hijos naturales del abandono social. La escucha debe estar ahí, en esos silencios profundos de la historia que con miles de gritos de dolor en una selva de torturados a cielo abierto se comunican los cadáveres. Simplemente cadáveres disidentes. Matar es un acto de sacrificio para la sociedad occidental y por tramos necesita eliminar el pensamiento y sus simbolizaciones, sin embargo para ello hay que eliminar primero al cuerpo. Casi un problema de entendimiento, un oxímoron a propósito. Me permito la analogía más allá de que puedan acicatearme con eso de los aspectos conservadores de la cultura peronista, claro que entiendo eso, de hecho, ser puto, lesbiana, travesti en el peronismo sigue siendo una disidencia hasta que garpe culturalmente. Pero la fuerza del colectivo feminista y transgénero está en el peso de los cuerpos de sus miembros. Pareciera una contradicción, pero solo en la primera vista que no es otra que las que sirven las instituciones como alimento.

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Lo que intento describir en definitiva es el “estado de excepción” con el que se vive siendo peronista, puto, travesti, lesbiana, y agrego: negro, mujer, pobre, indio. La lógica equivalencial de las articulaciones ideológicas puede producir/las el peronismo aunque otros sectores políticos participen del universo simbólico de una disidencia particular. Para que haya disidencia general (un movimiento nacional y popular) condición necesaria aunque no suficiente, el peronismo apareciendo como el espacio articulador, como si fuera una estructura  compleja de tubos inter/unidos, conectados, donde la punta de uno se corta y justo encapsula en la boca del otro. Para que circule el hedor y el alimento, donde al menos haya vida que genere más vida, para protegerse de la evaporación en las oscuridades de la historia.

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Discuto con el negro Piña por cuestiones menores en época de campaña. Es miércoles veintiuno de agosto y estoy metido en una cabaña de Puerto Iguazú, en plena selva, no voy a las Cataratas porque me ha subido una fiebre que agota, se van mis suegros, los abuelos, mi compañera con su hijo y mi hija, yo me quedo calentando pavas y pavas de agua para el mate. El gallo, que no es el negro “gallo Piña”, sigue cantando a las trece y cuarenta, lo cual me lleva a suponer que es un falso mito eso del canto único del amanecer. El gallo también canta al amanecer pero yo no lo escucho, he tomado unas pastillas para poder conciliar el sueño y, puedo decirlo esta vez: fueron efectivas. Me levanté pasadas las nueve de la mañana. Discuto, decía, con “el gallo Piña”, un amigo del Valle de Uco sobre cuestiones menores en términos de campaña, de coyuntura, boludeces, nada que pueda aportar y sumar, sin embargo debo decir que el negro me aguijoneó para pensar algunas cosas, recordar viejos debates de la izquierda, del marxismo académico y del no tanto. Antes de entrar en la garganta del diablo de la discusión leo un texto que empieza así:

Lo primero que hago es chocar (coma) frenada incluida para amortiguar y quedar allí debajo del camión fantasma (punto seguido) Veo al sátrapa llevarse todos los restos del desperdicio (guión) la escafandra por suerte estaba en el baúl de los naufragios (guión punto seguido) Un planeta mortal que se resiste unos indios navegando en silencio por el río la luna oculta el encierro de los centinelas y juega (coma) esta vez (coma) a favor de los indios (punto seguido)

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Les decía, con el negro discutimos, bastaría reproducir la dos palabras,  y con eso nada tendría sentido, al menos para Lorenza, la abuela guaraní con la que charlamos el domingo día del niño en su comunidad, al lado del Acai bajo un cielo emborrachado con un destilado de maíz hecho a mascación y escupida, amasado a mano para que filtre. Mientras unos pibes correteaban entre el sopor de la selva (ahí me paro un rato negro, perdón) un tipo que se llama Santiago, de la comunidad Jasy Porá, me decía aquella tarde: “si les va bien a los argentinos nos va bien a nosotros”, una sentencia de identidad, charlando sobre tierra roja guaraní en lo que hoy se llama “misiones”. El nombre lo dice: misiones. Es decir, Santiago no se siente argentino ni misionero, más bien de la “nación guaraní” que abarca partes de lo que hoy conocemos como Paraguay, Argentina, Brasil, Bolivia. Otra nación ancestral como la amazónica, que hoy prende fuego para decir que todo esto que conocemos está extinguiendo por desposesión, por abandono capitalista, por devoración o fagocitación, no sé, habría que detenerse en cada término para definir sus propiedades, si es que son definibles así como así desde un universo colonizador positivo, qué va, no me interesa por el momento. Entonces ahí reaparece la idea de intemperie, en la intemperie la disidencia y en la disidencia la posibilidad de articulación equivalencial en una generalidad. En una identidad cultural y política colectiva. Por eso ser peronista y ser indio tienen sus razones de no ser, de estar siendo en las ciudades en todo caso, infiltrados en las migraciones demográficas cuando las luces de la ciudad se extienden fuera de sus fronteras, apagando las lejanías más que alumbrando, en un encandilamiento cultural para la invasión y conquista imperial por desposesión. ¿Datos? en el suelo. Primero se pisa el suelo rojo para saber lo que arde. De ahí a las tecnologías…

 

 

 

 

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