LA CASA DEL HORNERO

Desde el numero anterior Zona Critica tiene pretensiones literarias entonces acá te vamos a dejar a autores de por aca nomas para que los conozcas, disfrutes y promociones.  Te presentamos un cuento de Claudio “Yayo” Riga que huele y siente al Barrio de  San Jose en Guaymallen y presento su libro “La casa del hornero” un libro de cuentos sobre el que se dijo:

“Una época oscura en la historia argentina desde la mirada simple e ingenua de la niñez. Esa niñez que creyó y confió en las palabras de quienes mostraban una realidad que solapaba la verdadera secuencia histórica oculta para la mayoría.
Atesoran estas páginas el eco del silencio que elige ser voz en la pluma de Claudio Riga Fernández para que, al leerlo, revivas las emociones, los desvelos, el tesón y la nostalgia de un tiempo que quedó para siempre en la piel y la memoria de quienes caminaron la Argentina en mil novecientos ochenta y tanto…

Para no perdérselo.”

Claudio”Yayo” Riga

 

Cigarrillos y chocolates

Por Claudio Riga

La guerra de Malvinas se gestaba a la par de un mundial de fútbol donde Argentina adquiría su participación por ser el último campeón. Cuántas atracciones por aquellos días. Guerra, fútbol, y una mudanza hacia otra provincia para siempre.

En ese tiempo, Martin, un amigo de mi hermano,  nos hizo escuchar la canción “Sólo le pido a Dios” de León Gieco. La canción era hermosa, coincidía con “todo lo que se vivía por” de aquellos días.

Mis hermanos percibieron que la canción trastocaba con sus gustos musicales, derivados de mi Tío Espina y el amigo Disck jockey de mi padre. Lo peor de todo era que la canción atentaba  contra el gusto por la llamativa “parafernalia imperial” que se manifestaba en la gente y rituales de vestimenta típica. Por ende la canción resultó ser una “porquería” como todo lo de acá, una “mierda” más.

En el colegio religioso al que asistía, nos hacían rezar a diario para pedir por los soldaditos que luchaban en el Atlántico Sur. También nos hicieron comprar paquetes de “cigarrillos y chocolates” en donde iría una carta pegada, para enviarles a ese lugar tan frío y triste, tanto como la crisis económica que azotaba al país y nuestra casa.

Debíamos escribirles agradeciendo su defensa contra los enemigos y deseándoles suerte en nombre de Dios y María. Una carta que en realidad escribimos a un “soldado fantasma”, porque al tiempo nos enteraríamos que muchas de esas cosas que enviamos al Sur, sumado a donaciones en “joyas” de gente pudiente, se terminaría repartiendo entre muchos jefes militares articulado por la Iglesia. Bendición de armas por medio. Al mismo tiempo se escuchaba a vivas voces lo del “Fondo Patriótico Malvinas” y el nuevo fraude.

  Fue uno de los primeros engaños que detectaba con nueve años de edad. No cuadraba con las enseñanzas, tanto de la “iglesia como de la Fuerza Militar”.

Difícil era seguir pagando un colegio privado; no daba, realmente nunca había dado.  El esfuerzo se había realizado y, así fue que transité un año por esa triste escuela. Al año siguiente, en el ochenta y dos, ya no se podía pagar la cuota, tampoco me dieron una beca para seguir.

Las becas eran para gente diferente, clase media alta y, por ese entonces a mi padre  la pobreza ya le había quitado varios dientes. Como siempre reparaba vehículos, la grasa con el olor a nafta de su mameluco no se alineaba con ciertas formas que demandaba el materialismo histórico solapado en una institución privada y religiosa en el centro de Mendoza.

Había una escuela estatal era espectacular  y nueva, en San José Guaymallén y era gratis. Asistían niñas que se sentaban con niños, no se rezaba más, era libertad y alegría. Ya no existían las culpas de lo acético clerical, y tanto el Mundial de Fútbol como la Guerra de Malvinas habían terminado. Se avecinaban las vacaciones de invierno y me había adaptado  al nuevo formato de educación.

 

 


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