SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

Por Gastón Ortiz Bandes

A nivel específicamente lingüístico, la propuesta de usar como marca de género gramatical la terminación –e, la cual subsumiría en sí no sólo lo femenino y lo masculino en tanto construcciones sociales sino también cualquier género no binario (lo trans, lo queer), es algo históricamente inédito. Dinámicas, mutantes, autorreguladas, las lenguas nunca cesan de transformarse, de mezclarse y agrandarse (si se achican o desaparecen es porque mataron a quienes las hablaban), desechando lo que ya no “se” usa e incorporando formas nuevas, que son los correlatos de las demandas sociales y las luchas políticas en cada comunidad. Así y todo, las lenguas siempre mutan solo en ciertos niveles: principalmente a nivel léxico-semántico, con los extranjerismos y los neologismos, que señalarían nuevas ideas, nuevos inventos, nuevos fenómenos, y también a nivel sintáctico, con nuevas formas de armar las oraciones, de economizar palabras, de ubicar el énfasis, etc.

En cambio, el llamado lenguaje inclusivo apunta directamente al nivel gramatical, que hasta ahora se mantenía intocable, marmóreo, porque lo que se estaría transformando es nada menos que -como bien dijo el lingüista Enrique Menéndez- un morfema, o sea una de las distintas variables significantes específicas que tiene cada clase de palabra (por ejemplo, la –s que le ponemos a los plurales, es un morfema, también las distintas terminaciones que tienen los verbos conjugados según su tiempo, modo y persona). Son  las reglas gramaticales, que no son tan arbitrarias como se cree, sino que vienen dadas por leyes filológicas inmanentes a cada proceso de formación histórica de las lenguas romances a partir del latín. O sea, el lenguaje inclusivo, cambiando el régimen gramatical del género, es radicalmente revolucionario, porque dispara contra el centro mismo del sistema, plantea un 180° de la lengua por fuera del orden supuestamente natural en que parecía estar basada, es decir, el que impuso el saber del Imperio, la raza, el capital y –el más viejo y arraigado de todos los sistemas de opresión- el patriarcado. En síntesis, con el lenguaje llamado inclusivo no solo queremos cambiar los significados sino incluso ahora las estructuras.

Desde Saussure, digamos, hay una tensión entre la lengua oral, que es el habla múltiple, fluida, incontrolable de la gente y los pueblos, y la lengua escrita, que tiende a la fijeza y la regulación, con todo su sistema de reglas lingüísticas e institucionales (la alfabetización, la caligrafía, lo formal/informal, lo esperable de oír y lo indecible). El caso de la –e final como marca genérica inclusiva no solo modifica entonces la grafía, la “escritura” (como pasa en los impronunciables pero muy legibles chicxs o chic@s) sino al habla, la oralidad: la –e final se escucha: “¡Ey, chiques!”. Ella, la menos “fuerte” de las vocales abiertas (la que forma diptongo con -i y -u pero también hiato con las fuertes -a y –o), sin embargo absorbe fonéticamente a las dos más poderosas, esa –a y esa –o en tanto tasación binaria de los géneros, como en una burla a la idea patriarcal de que solo mediante la violencia y el sometimiento de les más débiles se puede imponer una política y con ella un modo de vida (y muerte), de lengua y habla.

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