FRAGMENTOS DE LA IDA Y VUELTA DEL CANTANTE

Por Ale Gabriele

 

Soy todo lo que recuerdo: no sé exactamente cuántas veces Gabo Ferro actuó en Mendoza, y si tengo que pensar en las tres ocasiones a las que asistí, en algún momento, él   dejaba de tocar en medio de alguna canción para pedirle al público que acompañara el silencio que se levantaba de los intersticios de su música. Una vez era el llanto de un bebé, otra los ruidos de las charlas de un bar que curiosamente estaba ubicado al lado del escenario y otra más, un nene que se acercaba y le preguntaba qué tenía en el atril y para qué servía. Lo extraño es que esos cortes casuales se podían leer como los núcleos para una microficción de la experiencia Ferro: la conmoción, la sed, las preguntas sobre qué era eso que estaba pasando y qué restos se generaban ahí, y por supuesto, la interrupción.

No somos dos: un lugar común es compararlo con Miguel Abuelo joven, sobre todo por algunas canciones como “Mariposas de madera” o “Levemente o triste”, y la respuesta también se repite para inscribirse en nuestras negatividades frente a la imaginación, al lenguaje o incluso, a su relación. Pero si hubiera un elemento de buena fe en la comparación, es que encara la incomodidad que genera la sospecha incrustada que nos dice que todos somos, como mínimo, replicantes sociales de algún modelo perdido en cualquier galpón de eso que llamamos historia de la humanidad. Los artistas tienen la fatal ventaja, de que la crítica o la tradición, mediante las nociones de precursores y herederos, creen asegurarles la validez de su procedencia genética.

Desde su sótano, la memoria me dice que a pesar de que no se parecen entre ellos o se parecen muy poco, se podrían agregar a esa serie contradictoria, entre otros a Laurie Anderson o Peter Hammill como artistas que producen acontecimientos resistentes a partir de una amplitud de variaciones de pocos elementos. Pero siempre queda una incógnita: de quiénes eran esas voces que parecían salir desde la soledad del escenario y que quizás sean la marca de la voz de Gabo Ferro…

La felicidad es artificial: puedo decir que las canciones de Gabo Ferro me conmueven visceralmente aunque siento que no avanzo mucho. Puedo escucharlo y, si bien todos hemos tenido alguna vez la sensación de tempus fugit al repetir una canción que nos gusta, celebrarlo cada vez que tenga ganas con solo tomar alguno de sus discos (esos que vendían al finalizar sus recitales en el hall del teatro o en el mismo espacio que sirvió de escenario). Lo que no vuelve es la posibilidad de ser parte de su performance para poner mi cuerpo a disposición de su apuesta artística abismal y enraizada; de su voz recorriendo los tonos poéticos y llevándolos al mismo tiempo a los piélagos de las desarmonías, generando una atmósfera de intensidad musical bella y brutal. Decimos que desde cierto día de octubre esa experiencia claramente no puede volver a repetirse, pero, ¿cuándo pudo volver a repetirse?

Los “en vivo” de Gabo Ferro, son exactamente eso: una experiencia artística singular y por eso mismo portadora de un aura inherentemente trágica y excesiva, propia de las cosas únicas. Lo que decimos de ellas son apenas aproximaciones fragmentadas, retazos de memorias enredados por sus canciones.

Hay una guerra allá afuera: como en una película de terror japonesa, todo parece tan simple que preocupa: hay un tipo solo con su guitarra. La misma tecnología musical que ha variado poco desde, para poner una indicación temporal que no es exacta pero es la que me interesa, el siglo XIX, se enfrenta a esa otra tecnología epistemológica, que sí es de ese siglo: la de la clasificación. Entonces, el tipo cruza en otra materialidad sonora géneros que se zafan. Como en una de las canciones que más me gustan de Amar, temer, partir, desde el título pasa a la acción y mezcla, por ejemplo, el hardcore con la gauchesca; los ecos de las delicias del paisano y la ida con la digitalidad híbrida. A partir de ahí el tipo se transforma en un degenerado entre armonías y desarmonías, y su espacio es la intemperie.

Los ejes de una antología virtual de textos sobre las relaciones entre los artistas y los criminales, aparte de la emergencia, son necesariamente el riesgo y la soledad para así ser múltiples. Por ejemplo, para ser costurera carpintero.

En tu espalda voy a escribir mi testamento: la primera noticia que tuve de Gabo Ferro fue una entrevista que leí en una revista a mediados de los noventa. Ahí decía (se escribía) en plena época de Porco, en lo que todavía no podíamos saber que era la época previa a su primer abandono de la música, “Cada tres meses algún amigo se moría de sida, entonces en vez de vernos en fiestas nos veíamos en velorios donde la gente garchaba en vez de llorar. Yo vivía todo el tiempo esa mezcla de sexo y muerte, y la quise plasmar en un disco, en un solo disco y basta…”

Los lectores somos como ese nene, metidos en nuestra película, que le preguntaba a Gabo Ferro durante una canción por las cosas que tenía en el atril, pero más mala leche. Cometemos un acto de traición basado en la distracción y el olvido, le pedimos a Gabo Ferro que sea, entre otras cosas, nuestro cronista personal entre dos pestes.

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