SENTIDO COMÚN A LA DERIVA

 

Marcelo Padilla

“La opinión pública no existe”, titula provocativamente  el sociólogo francés Pierre Bourdieu a una conferencia impartida en Noroit (Arras) en enero de 1972, y publicada en Les temps modernes, núm. 318, en enero de 1973. Allí analiza las condiciones de producción de la opinión, los postulados metodológicos que guían el camino para la elaboración de un cuestionario, en fin, una discusión fina sobre la epistemología de la pregunta, del supuesto “consenso” sobre los problemas en cuestión, el bagaje y los intereses políticos que producen la necesidad de respuestas determinadas. Lejos de menospreciar el trabajo de las empresas consultoras, Bourdieu conspira indefectiblemente contra los códigos y las convenciones realizando un procedimiento subversivo: develamiento permanente de la trama que existe en todo armado de formularios y cuestionarios que se realizan para obtener, lo que comúnmente llamamos, una “opinión pública”, lo que el común de los sentidos construidos desnuda desgarrado. Veamos un ejemplo: los medios de comunicación han hecho de la necesitad una virtud al emplear con descarada simpleza encuestas de opinión por sí o por no, sean respecto de un candidato o sobre la gestión de un gobierno. Y lo más significativo es que desde el campo académico, el supuestamente científico, encargado de la formación y la enseñanza, digamos de “las ciencias sociales” en toda su dimensión teórico metodológica – incluye el campo a las ciencias sociales y políticas en general, no se haya puesto en establecer una batallita particular con estos temas que en definitiva son parte del campo laboral y de investigación de sus miembros. Realizan jornadas, acumulan expedientes, hacen circular expedientes, se toman resoluciones y estudian meticulosamente ordenanzas, como si la institución fuera una geografía donde los peritos resuelven luego de debates y elecciones “fronteras  imaginarias”, nunca físicas, siempre materialmente producidas para hablar con el cuerpo de las prácticas que no se practican,  para aprender a desusar una vez por año. Decía entonces que una literatura transformadora pone en discusión esos dispositivos de construcción de opinión, desprovistos de toda reflexión y procesamiento epistémico. No es raro si tenemos en cuenta la apatía del campo de la sociología local en temas públicos y políticos. Más allá de las trayectorias individuales de profesionales en el tema lo que aquí resulta preocupante es la falta de coraje para la verdad, falta de parresía. La endogamia universitaria provoca este tipo de inacciones. Sería por demás interesante que la movilización de los profesionales generara desde el propio campo discusiones al exterior y dejar por un rato las de interior, muchas veces inconducentes que obturan la capacidad colectiva de disputar en el campo de las clasificaciones del mundo social, el tan preciado “sentido común”.

***

En el año 2001, en diciembre, con una argentina diezmada nos paramos de manos con toda la adrenalina de un gato dispuesto a dar pelea en los techos porque nos habíamos cansado que nos mearan el territorio… a borbotones, el nuestro, el que nos identifica con apenas unos siglos, en esa contradictoria pero vital interpretación de la historia permanente. Nos cansamos y ya ni el escepticismo nos venía bien para seguir respirando el dolor, desapareció el olfato y pasó a dominar el dolor, el fuego sabía qué se estaba quemando. Dijimos simplemente basta. Y aquella angustiosa, pendular, conformista, conveniente y oportunista clase media fue la que acompañó un proceso de lucha social que costó no solo 30 muertos sino millones de pobres inaugurales, algunos acostumbrados, otros dándose una bienvenida por el infierno: hombres tirados en sus catres, mujeres que salían a hacer el día, depresión, infartos, suicidios, pendejos pinches de caño, hedor…en esa atmósfera de “no pertenecer” a ningún faking mundo de dios, porque hasta el mismo dios se había ido de gira a mayami, a tirarse en bolas en una playa junto a los ricos, a rascársela por un buen tiempo, saliendo por las noches a merlucear por los casinos y discotecas tecno. Hasta dios nos había traicionado. Y de ahí, sin saber un carajo, nos las inventamos. Como lo sabemos hacer cada tanto, cuando aparecemos con más energías después de la paliza. Dejamos de mirarnos el ombligo y nos dimos cuenta que sucedía también en las aldeas vecinas, cada una con sus formas y sus tradiciones, sorprendiéndonos ver a países bananas convertirse en países dignos con pueblos dignos, recuperando lo digno de estar en este maldito y prostibulario mundo por un mejor rato. Bueno, lo que pasó ya lo sabemos: niños sin mirada de ojos vidriosos por el pegamento. Dos décadas, para redondear, de impulso en Latinoamérica. Recuperamos el deseo errático y este pedazo de tierra fue otro por un momento y tiramos el tango autoflagelatorio por el inodoro. Pasamos de la biblia y el calefón a otras literaturas creadoras y abrimos la cabeza por unas horas. Duró unas horas. No importa ahora pensar por qué duró unas horas y no la eternidad. Lo cierto es que nos las gastamos, a las horas y a la eternidad. La eternidad también se gasta.


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