“EL BATALLÓN BIPOLAR”, CRÓNICA DE UNA INTERNACIÓN

 

Por Marcelo Padilla

“El texto describe desde adentro y en primera persona los métodos y el contexto de esos protocolos terapéuticos. Están las historias de vida de algunos personajes que surgen por medio de diálogos, intentos de fuga, explosiones emocionales y peleas. Hay descripciones muy precisas de la muerte que significa la tarde de domingo en ese contexto de encierro, de las reglas de convivencia que oscilan entre lo carcelario y lo militar, de las instalaciones preparadas para separar al staff terapéutico de los internos. La mirada sociológica del cronista le permite identificar las estructuras burocráticas de la institución y los discursos que esa burocracia produce, así como ciertas jerarquías tácitas que se forma entre los internos a partir de la antigüedad, la personalidad, el efecto del tratamiento, etc. El Batallón Bipolar ofrece una experiencia tan cruda como interesante.”
(Alejandro Olaguer)

De niño era de internarme entre los cañaverales jugueteando con piedritas que tiraba a la acequia amplificada por la luna. En el humedal donde crecían las plantas de hinojo y las gemas verdes de la barbarie de la naturaleza barrial, quedaba hipnotizado mientras los guijarros se ahogaban dejando anillos flotantes en la superficie del agua. En el fondo era el barro quien los acunaba y sorbía en su buche lodazal, y los desaparecía bajo una especie de humo de partículas de tierra. Cuando la piedra besaba el piso, se formaba un torbellino acuático. Resbalaba de mis manos demorada por el equilibrio ingrávido de la palma. El tiempo no tenía medida. Mi mente fabricaba una imagen de lentitud, un mohín en eterna cadencia. Hincado, pasaba las horas en esos vanos intentos de atrapar la eternidad de las cosas. Así transcurría la infancia en una sucesión de actos involuntarios, reacciones motrices y reflejos biológicos ante la escasez de los años. Se erigía una sabiduría pragmática, no menos imaginaria, cultivada en cavilaciones de un niño que escapaba de a ratos del seno familiar o del comunitarismo de la amistad. Era la soledad sabrosa una conquista, una emancipación vía puntos de fuga. En lapsos de libertad plenos, me veía internado en un refugio para siestas infernales en los veranos de un pueblo suave y dócil. Vivía porque la costumbre se imponía y porque el miedo a la muerte proponía el desafío de perpetuarse sobre la tediosa existencialidad cotidiana de los días calcados. La mudez del mundo se amparaba en ese pueblo atrincherado y amurallado donde rebotaban cantos noticiales del sopor demográfico que, de a tandas, huía por la atracción de las luces y el crecimiento de las ciudades. En el cobijo familiar no se hablaba. Suspendidos y arrojados al mundo quedábamos al destino inasible. Era una manera de subsistir anónimamente en el planeta. Era el silencio un veneno dulce que anestesiaba. Me había transformado en un adicto por naturaleza filial.

-Buenas noches, aquí está mi pasaje.

-Buenas noches señor… Alberto. Asiento 16, primer piso a la derecha. Puede ir subiendo. Guarde el ticket por favor.

-Gracias, muy amable.

El maletero cargó mi equipaje en el colectivo y subí hasta el primer piso. Bolso de mano verde militar con tres libros, un par de agendas para anotaciones, anteojos, lapiceras y productos de aseo. El destino era Retiro, Buenos Aires. El colectivo hizo marcha atrás en el andén 17 y viró para emprender el viaje. La terminal era un escenario donde las gentes simulaban una coreografía de brazos en alto saludando con sus péndulos aéreos a los viajantes. ¿A quiénes despiden esas manos abiertas? El colectivo es una cápsula, un depósito ambulante de destinos inciertos. A contramano del viento en la noche oronda de la ruta, con las estrellas seguidoras y una luna errática y lactal, viaja la cápsula hacia la urbe contaminada.

Ya en viaje, uno de los choferes agarró el micrófono, lo probó con un toc toc toc y largó: “Estimados pasajeros, mi nombre es Sergio y desde la compañía les deseamos tengan un placentero viaje. Llegaremos a Retiro aproximadamente a las nueve de la mañana. En minutos pasaré por sus asientos para servirles un snack y luego la cena. Ante cualquier necesidad, no duden en llamarme. Se les recuerda que contamos en el piso inferior con un baño para residuos líquidos. En caso de que necesiten depositar residuos sólidos, por alguna emergencia, me consultan. Espero que tengan un buen viaje”

-Por favor Sergio, ¿me sirve más vino?

-Cómo no señor. ¿Le retiro la bandeja?

-Sí, muchas gracias.

No tenía hambre, solo probé un poco del pollo al disco de la bandejita de aluminio. El vino sabía bien y por la hora debía tomar mi medicación. Pedí agua y me tragué la pastilla de dos miligramos de Clonazepam. Quería dormir y no pensar. Atiné a leer un rato. Solo pude terminar el prólogo de Las Palabras, de Jean Paul Sartre. Cuando hizo efecto el ansiolítico, guardé el libro en el bolso, me cubrí con la manta de polar azul, coloqué la almohadilla en la cabecera, recliné al máximo el asiento y cerré los ojos. En el tránsito hacia el sueño oí una música suave, un jazz comercial con predominancia de saxo y fondo de piano. Una música para cruceros varados. Como una proyección o un sueño anticipatorio, divagaba por laberintos en sepia. En la vigilia, medio dormido y entregado como un cordero arrinconado, dejé a la deriva mi mente…

***

Hay días de selva, días de Holanda y días blancos. También días pardos, siberianos, pálidos, corporales. Mañanas maníacas, cocinas en llamas. Mañanas humeantes, tensas, efímeras. Tardes calmas, tardes mentales. Tardes verdes y naranjas. Las noches, cansinas. Tristes. Crepúsculos cabeza gacha. Atardeceres solitarios, ojerosos, bipolares. Días y días por goteo, aluvionales. Eterna planicie, deshoras y desamor. Palabras que ametrallan. Palmeras centinelas, compañeras y blanco para despedidas. Tiempo sufrido, vulnerable y lunático. Tiempo. Química. Circuito. Modificación corporal extrema. Un mes Chalet convertido en caja de herramientas. Sombras. Treinta y tres penitentes abstinentes. Sacerdotales días comunitarios. Tormentosos, galos y porteños. Domingos eternos soplados por moscas. Y también iluminados. Y también aislados. Puertas, puertas y puertas. Escalones: uno, dos, tres, cuatro y así hasta tocar el cielo. Un portón símbolo que miramos de reojo sin acercarnos. Hipnótica libertad. En el celaje… oro y té. Mineral invierno de 2014. Ser parido por la catástrofe en pujas del pasado que dejamos solo como a un muerto en el entierro. Y la tibia leche que deseamos brota… brota… brota.

***

El tren a Boulogne sale de la Estación General Belgrano. La Villa 31 con las sábanas al sol ostenta su gloria petrificada en una alfombra sintética. El hormigueo en Retiro es una perpetuidad latinoamericana. He dormido de a ratos. Me siento cansado y arden mis ojos. La humedad aumenta el dolor de mi tendón resentido, el de la pierna derecha, a la altura de la rodilla. Las calles salpicadas con charcos son testimonios de la lluvia en Buenos Aires. Pero el día está a pleno. Viejo y de traqueteo lento, el tren me lleva en dirección al encierro.

El reloj de mi teléfono marca las 12:00 y he quedado en medio de las vías, en la estación Boulogne. Perdido. ¿Será a la izquierda o a la derecha? Pregunto a un vendedor ambulante y no sabe (me mira de arriba abajo como si le hubiera aparecido un zombi). Diviso los taxis.

-¿Cómo le va jefe? Calle Fortunato Encina al 2.900, por favor.

-Buen día. ¿Vas al Chalet?

-Sí. ¿A cuánto estamos?

-Es aquí nomás, cinco minutos. ¿Vas a visitar a alguien?

-No. Voy a internarme.

-Ajá…

Suspendo mi mente y quedo colgado mirando las casas bajas de Boulogne. En cámara lenta vamos rumbo al Chalet. Pido autorización para fumar y me dice que sí, que lo haga pero con la ventana abierta. Pienso que se compadece de mí. Llegamos a una esquina y tomamos a la izquierda y de golpe siento el auto detenido.

-Bueno… ¡Suerte muchacho! Aquí es. Son 65 pesos… ¡Ey, de aquí salen bien! Ya saqué a varios muchachos en buen estado. ¡Tranquilo!

-Gracias jefe.

Cuando se fue el taxi, quedé solo frente a una muralla blanca que daba vuelta a la esquina. No me apresuré. Había llegado a tiempo. Saqué otro cigarrillo y me lo puse en la boca. Fumé en medio del silencio de la cuadra, mirando el portón negro sostenido por paredones blancos humedecidos. Era aquí. Toqué el timbre.

-Hola, buenos días, soy Alberto, vengo de Mendoza.

-Adelante, te estábamos esperando. Mucho gusto, mi nombre es Viviana. Dejá tu maleta y el bolso en el sofá, en ése por favor. Ahora llamo a Paula para que haga tu admisión.

“Entré al aislamiento” –me dije. Estaba en una sala de espera que parecía un café por las mesitas pegadas a los ángulos de las paredes. El jardín rodeaba el perímetro del Chalet inglés. Dos palomas se picoteaban y provocaban haciendo equilibrio sobre un aire acondicionado que brotaba del primer piso. Yo me quedé entumecido y de pie, con las manos en los bolsillos. Esperando. Sin saber absolutamente nada del sitio donde estaba. Tenía mareos, náuseas, taquicardia. El silencio era oceánico. La maleta y el bolso de mano ya no estaban en el sofá donde los dejé. Habían desaparecido de golpe. Me preocupé (tenía además de la ropa, mis objetos personales que ya no recordaba en el inventario que repasé en mi mente).

-Hola. ¿Qué tal Alberto? Mi nombre es Paula, tomá asiento. Voy a hacerte la admisión.

Paula es psicóloga. Morocha y de buen porte. Cabello enrulado. Viste una chaqueta hasta las rodillas verde militar y pantalones negros. Se la ve simpática pero firme. Una tana firme, con carácter y mucha personalidad. Su mirada no apunta directamente a los ojos: parece mirar al pecho cuando habla.

-¿Qué tal Paula, cómo te va? Disculpame, no veo mi maleta ni mi bolsito de mano.

-No te preocupes, los tiene nuestro staff. Tienen que revisar lo que traés. Pero vamos por pasos, ahora sentate tranquilo que te hago la admisión. Cada vez que llega un paciente le hacemos la admisión, que consiste en una entrevista de poco más de media hora.

La entrevista duró poco más de una hora. Eran preguntas sobre el motivo de mi internación, los tipos de consumo, la frecuencia, la cantidad de años consumiendo, mis viajes, actividad laboral, composición familiar, hijos, novias, esposas, separaciones, amigos. Una radiografía. Eso: una radiografía de mi vida y personalidad. Me sentía nervioso. A veces, inconsciente, respondía automáticamente. Mi cabeza estaba en otro lado. Iba y venía. Le pregunté si podría luego sacar mis libros. Me ponía inquieto. Temía por todo. La pregunta por mis libros le arrancó una carcajada a Paula.

-Perdón. Tranquilo, vamos por partes. Tendrás tus libros. Primero deberán revisarlos.

-¿Revisarlos?

-Sí, revisarlos. Ya entenderás Alberto. ¡Imagino que no son libros de Bukowski!

El comentario de Paula me relajó y sonreí. Como si me hubiera leído la mente, como si me conociera.

-¡No! Son de otros autores, a Bukowski no lo saco de mi casa.

-¡Ah bueno! ¡Mirá vos!

Me puse maníaco. Había entrado en confianza. Paula con su metier diluyó mi ansiedad y temor por un rato. Me sentí bien, pero repito, maníaco. Empecé a hablar de más, a tirar información de mi vida por fuera de la entrevista. Hacía chistes irónicos. Creo que intentaba seducirla de entrada. Quise presentarme atractivo.

-Bueno Alberto, firmá aquí, esto es lo último y terminamos con la admisión.

“NO VIOLENCIA, NO DROGAS, NO SEXO” resaltaba en el escrito.

-Esperá aquí. Enseguida vienen dos compañeros a revisarte, dos pacientes.

-¿Revisarme? ¿Qué más tienen que revisarme?

-Es de rutina, en todos los ingresos se revisa a los pacientes. Dos compañeros lo hacen. Mirarán tu ropa, la campera, los pantalones, los zapatos… tranquilo.

-¿Y el teléfono, el celular que traje? Está en el bolso verde, el chiquito. Tengo que hacer una llamada.

-No. Aquí no podés usar el celular Alberto. Te lo guardamos. Nos vemos en un rato, luego de la revisión de tus compañeros. Ahora los voy a buscar.

Paula se levantó de golpe de la silla y se fue. Quedé más solo que un perro en un recóndito descampado. En el predio no había nadie. Yo fumaba en el porche del Chalet el cuarto cigarrillo, esperando a los revisadores. De fondo se escuchaba el gorjeo de algunos pájaros de la guarda. El sitio, muy tranquilo. Frente a mí, dos palmeras centenarias, tres bancos de jardín que brindaban calma, un caminito de ladrillos sobre el pasto cuidado y arriba un sol que nutría. Pronto aparecieron Cristian y Pedro. Bien vestidos y de buen aspecto, de unos treinta años cada uno. Se acercaron y me saludaron con un abrazo compañero.

-Bienvenido Alberto. Yo soy Cristian. Tenemos que revisarte. No te preocupes, es de rutina. No pasa nada.

-Todo bien. Lo que digan.

Subimos las escaleras del Chalet hasta el primer piso. Se sentía el frío y un dejo de abandono o tal vez de austeridad en la zona de los cuartos. Pedro me indicó: “por acá, en esta habitación, duermo con otros compañeros”. Yo no tenía nada en los bolsillos de mi campera. Me pidió que me la sacara. También los pantalones y el calzado. Revisaron los bolsillos y escarbaron debajo de las plantillas de los zapatos. Estaba entregado a la requisa.

-Listo Alberto, no tenés nada. Está todo en orden Cristian.

-Ok Pedro… ¿Así que sos de Mendoza Alberto? ¡Otro más! ¡Nos invaden los mendocinos!

-¡No me digas Cristian! ¿Qué, hay muchos?

-La mayoría.

Cristian era el más entrador y canchero, el que bromeaba y desdramatizaba la situación. Pedro, más bien serio, de gesto adusto, concentrado. Se veían buena gente. En la mesa de luz había una foto de un niño pequeño. La miré fijamente.

-¿Y ese niño?

-Es mi hijo. Se llama Pedro como yo. ¿Vos tenés hijos?

Rompí en llanto. Como un vómito súbito largué una catarata lacrimógena. Cristian y Pedro me abrazaron y acariciaron mi espalda. En esa foto del niño vi a mis hijos. Me ahogué con la flema.

-Tranquilo Alberto, tranquilo. Esto es así. Acá venimos para estar bien, para cambiar. Todos nos hemos mandado muchas cagadas en la vida. Aquí se sufre pero se sale bien. Nuestros hijos nos necesitan bien.

Pedro me hablaba mirándome a los ojos. Había caído la primera ficha. Hasta ese momento todo fue un mareo constante. No había registrado nada antes de ver la foto de ese niño, el hijo de Pedro. Me vi reflejado. Conmovido, quedé sin fuerzas, abrazado a Cristian y a Pedro. Fueron cinco minutos a plena lágrima.

-Sí, tengo dos hijos.

-Listo Alberto, bajemos.

Vuelta la calma nos quedamos los tres en el porche. Cristian -de brazos cruzados y piernas abiertas- me miró escrutándome.

-¿Por qué venís Alberto? ¿Por consumo?

-Sí: drogas, alcohol y depresión. Por un combo.

-Acá estamos todos por lo mismo, ¿cierto Cristian? Es una mierda. Pero lo que pasó… pasó. Ahora hay que recuperarse y reconstruir nuestros vínculos. Hay que remarla. Acá te vamos a cuidar, no vas a estar solo. Nos ayudamos entre todos. Además de la terapia, los compañeros siempre dan una mano. Yo voy a ser tu hermano mayor por unos días.

-¿Cómo que hermano mayor?

-Sí, hermano mayor. Acá se le asigna a cada ingresante, por una semana, un hermano mayor, un compañero que te va a explicar y contar cómo son las reglas del lugar, las actividades que hacemos, para darte una mano cuando te sientas mal, para charlar. Bueno, eso haré. Te voy a cuidar.

Cristian pidió permiso y se retiró. Quedé con Pedro, mi hermano mayor. Le pregunté por el baño, quería mear. Hacía doce horas que quería mear. “Vení, yo te acompaño” me dijo. Llegamos al baño debajo del SUM (Salón de Usos Múltiples), al final del jardín, y Pedro se quedó esperándome en la puerta. La marcación era hombre a hombre. Caminaba y Pedro iba a mi lado, me sentaba y Pedro se sentaba. Lo hacía con cuidado, disculpándose. Sabía de su oficio.

Al rato salieron del SUM los pacientes en fila. Me topé de frente con todos. De a uno fueron saludándome y presentándose. Me marearon tantos nombres de golpe. Había mujeres jóvenes y viejas, hombres jóvenes y viejos. Parecían ovejas o cabras una detrás de la otra. Uno de los pibes más jóvenes se destacó entre los demás.

-¡Bienvenido compadre! ¡Rockandroooll! Acá estamos todos por ¡rockandroooll!

Era Franquito o Totó. Veintidós años. Alto y flaco. Con las manos en los bolsillos de la campera. Tenía un gorro andino de lana con tapa-orejas colgando. Ojos verdes. Mirada perdida. Le faltaban los cuatro dientes delanteros superiores. Se lo veía deteriorado. Le caía una baba que succionaba constantemente. ¡Rockandroooll!, decía con la voz ronca. Era un cansado grito de guerra.

***

¿De dónde veníamos? Las charlas… envueltas en un desvío cósmico deshilachando ira. Estábamos en plan de alunizaje. Éramos como astronautas ingrávidos. El tiempo elástico, chirle, de goma. Diez minutos en el encierro parecían un mes. Treinta y tres pichones en plan de vuelo. La pérdida del deseo. Los códigos, las reglas, las prohibiciones, los límites, los “no”. Estaba desalmado en una comunidad sin dioses. Bukowski condenado y sacrificado con los brazos en cruz, clavado a la palmera mayor. Dylan Thomas en estado comatoso, tirado sobre el pasto, vomitando whisky por boca y nariz. Éramos “los reventados” de Asís. Una manada de bipolares a cielo abierto. Una micro sociedad gobernada por una dictadura suave. Dios no viene, no aparece. Se fue de viaje. No atiende. El cielo disparaba su furia. Reventaban sus truenos las ventanas. Yo dormía gracias a la pepa naranja, Taxagón, como todos. Era un mar el cielo, dado vuelta patas arriba. Caían los barcos, las redes con los peces vivos, marineros japoneses ebrios de tanto sake. Pasados. Parecía que solo apuntaban al Chalet. Nunca supe si afuera llovía y caían marineros japoneses. Tal vez no. ¿Habrá sido alucinación pura? Nadie contó si los balazos que musicalizaban la noche en el barrio llegaron a destino. Flotábamos. Caíamos de golpe y nos hacíamos mierda en el piso. Todo era efecto de las pastillas. Sin pastillas nos hubiéramos comido vivos entre nosotros, como los sobrevivientes uruguayos en la cordillera. Hambre había, hambre de odio, de odio hacia uno mismo.

***

Pasé tres días caminando en círculos. Eran círculos amplios. No hacía la del perro cuando se va a dormir. Eran más vueltas y más anchas. Fumaba dando ruedos alrededor del Chalet. El Judío iba siempre detrás, para el mangazo. A por una seca o pucho que no te fueras a fumar. Lo hacía todas las noches el Judío. Ricardo era del Barrio de Once, judío religioso. Bueno para los negocios, los vicios y las prostitutas. Ludópata, merquero. Había andado por cuatro psiquiátricos antes de caer al Chalet. Había intentado suicidarse doce veces. Sí, doce. Intentó: ahorcarse, chocar con el auto, meterse un arsenal de pastillas, sobredosificar la cocaína, cortarse. Había perdido todo con el juego: la mujer, la hija, un departamento, los amigos y el laburo. Por eso se quiso matar tantas veces. Al tratamiento en el Chalet se lo banca la AMIA. Siete años atrás había estado internado un año por un accidente que le dejó una joroba como de camello y el caminado de una viejita con bastón. Había vivido en Jerusalén seis años trabajando para una empresa que hacía control de calidad alimenticia en locales de comida chatarra.

Ricardo duerme en la cucheta de abajo de la mía. Sobre su mesa de luz (que no tiene lámpara ni luz) reposan dos libros en hebreo. Jamás lo vi leerlos. Se acuesta vestido, es atérmico el Judío y bastante dejado. Las noches de viento helado anda en camisa de mangas cortas. Un loco de la guerra. Nunca se engripa. Tenemos buenas charlas antes de dormirnos. Pegamos buena onda. Pero es mañoso el Judío. Lleva diez meses encerrado en el Chalet y se boicotea. “¿Sabes qué Alberto? Tengo miedo a salir”, me dijo una noche. Hace trampa y se tira a dormir la siesta, que está prohibida. Cuando lo agarran en la catrera en posición horizontal, cabeza arriba, con las manos en la nuca (vaya a saber en qué carajo pensando) lo sacan a los gritos de la cama. La depresión es así. Si te tirás un rato en la cama te quedás a vivir. El Judío es, aparentemente, un tipo calmo. Pero se saca mal cuando los profesionales de la institución le niegan un pucho en el STAFF (la oficina del staff, detrás de la reja). Y ahí empieza la locura. Quiere cagar a trompadas a todo el mundo. Lo tienen que agarrar entre tres. Después pide perdón y se bajonea. Por un par de días anda lento, hociqueando como un oso hormiguero. Bipolar, depre y con ira.

-¿Qué tal Alberto? ¿Todo bien?

La voz gutural del Judío le sale por el costado de la boca.

-Bien Ricardo, aquí, escribiendo un rato. Haciendo tiempo para bañarme y acostarme.

-¿Cómo te fue en la terapia? Te vi cabizbajo cuando saliste…

-Sí, fue dura. Me movilizó muchas cosas. Pero ahí vamos.

-Estos hijos de puta me deben cuatro terapias, son unos cabrones. Encima me dan solo cinco puchos en todo el día. Mejor me voy a bañar Alberto…

-Dale Richard, pegate un baño vos que vas a estar mejor. Yo me baño mañana cuando me levante.

Al Judío le encantan las putas. Le gustan demasiado. Conoce todos los antros de Once, Flores y San Pedrito. Es un vicioso incurable. Cuando andaba suelto, empezaba en Plaza Miserere y de ahí rumbeaba a unos hoteles de mala muerte con alguna dominicana o una paraguaya. Le gustaba pegarles, puesto de merca y en pedo. Era un sádico el muy cabrón. Multiadicto.

***

En la habitación 7 dormíamos seis muñecos: Franco, el Santiagueño, Ricardo, Raúl, el Salta y yo. El Salta era el Encargado de Casa: se ocupaba de organizar las tareas de limpieza de las habitaciones y los baños. Tenía un cuaderno con un cronograma semanal y armaba grupos de trabajo. De mañana y de tarde. Pasábamos la escoba primero, luego trapeábamos los pisos y al final limpiábamos los baños. Eso, en una hora y media. Repito, todos los días, de lunes a lunes, mañana y tarde. La habitación donde dormíamos era amplia, alta, con un placar gigante. Tenía una estufa hogar que estaba inhabilitada. Ahí dejábamos los zapatos, zapatillas y chancletas en una montaña. Parecía Cromañón. Había dos ventanas. Una hacia el este y otra hacia el oeste. La del oeste daba al patio del Chalet. La del este a la calle. Estábamos en el segundo piso. Desde la ventana del oeste se veía el movimiento de los internos. Era la zona del patio más usada por todos. Ahí se fumaba, se charlaba, se caminaba pensativo, se peleaba. Las ventanas tenían rejas. Se podían abrir para ventilar, pero tenían rejas. Por si algún loco se quería tirar de cabeza. Las hipótesis de conflicto estaban pensadas desde la institución. Por experiencia. Porque ya se habían tirado un par de chantas. Nada. Se quebraban un brazo o una gamba. No pasaba de eso. También desfilaban palomas por afuera de la ventana, por la caída del cobertizo. Rompían las pelotas todo el santo día esos bichos. Con ese ruido insoportable que hacen las palomas cuando se juntan a boludear como gordas en una esquina. Había decenas. Sobre todo en el capuchón del Chalet, donde tenían la guarida. Y también en los agujeros de las palmeras. La habitación servía solo para dormir de noche. A las diez apagaban la luz y chau. Ya dije: la siesta estaba prohibida.

Durante un hueco que nos quedaba entre el almuerzo y el grupo terapéutico (el tutoreado) a las dos y media, me hacía sesenta flexiones de brazos en tres series de veinte y cuatrocientas abdominales en cuatro series de cien. Todos los días. Me sacaba la mierda. Y de paso liberaba endorfinas. Eso me hacía bien para tirar hasta la noche. En realidad, cuando empecé, al tercer día de aterrizar, no podía hacer más de dos flexiones sin caerme al piso de jeta. Abdominales hacía diez y me moría mirando el techo de madera, boqueando. Pero a la semana ya hacía sesenta flexiones y cuatrocientas abdominales. La panza lentamente desaparecía y brotaban los músculos del vientre. Y los del pecho y los hombros. Como los presos. El encierro te lleva a liberar el cuerpo. Un oxímoron (encierro-liberación) pero funciona así. Cada tanto me metía perpendicular en la cama de abajo de la cucheta, con la cabeza contra la pared y me agarraba con las manos del borde del catre de arriba. Estiraba las piernas y hacía tres series de cincuenta abdominales con las piernas en tijera. Abriendo y cerrando, abriendo y cerrando. Me quemaba. Todo eso lo hacía en media hora. Y de ahí me iba al grupo terapéutico. El tema del ejercicio era un pasatiempo. Un sacrificado pero benéfico pasatiempo. En el predio del Chalet había además un gimnasio. Hacíamos elíptico y cinta en dos máquinas. Pesas y mancuernas. Teníamos tres turnos semanales de una hora. Yo los tomaba a todos. Y a veces me colaba a las seis de la mañana cuando salían de la casa los que amasaban el pan y me metía con Adriano y el Riojano a reventarnos el cuerpo de madrugada. Había que darle aire a la mente. Allí se trabajaba todo el día con la mente. Hasta cuando ibas al baño. Hacía bien darle masa al cuerpo. Liberar endorfinas y quemar grasas. En dos semanas bajé 5 kilos gracias a la gimnasia y a la desintoxicación de drogas y alcohol.

Con Adriano hicimos buenas migas. Hacía seis meses que estaba internado. Me contó que entró con 110 kilos. Y ya pesaba 75. Un pibe tranqui. Con una historia gorda. Adicto al éxtasis, al LSD, a las “pastas” y al alcohol. El padre consumía merca y porros en la casa, delante de sus hijos. La madre también pero solo faso. Ella era norteamericana y hippie. Vivieron en Las Vegas, EEUU, y volvieron a la Argentina. Los padres de Adriano ya estaban separados. En familia vivieron un infierno. Comían en distintos horarios para no agarrarse a trompadas. Todo el día fumaban marihuana en la casa. Adriano prensaba un ladrillo de flores de su indoor para la familia y lo metía en la heladera como quien mete una horma de queso. De esa horma de faso todos sacaban un pedazo. Pero el desmadre era tal que un día Adriano se hartó y decidió irse a Máncora, a la costa norte de Perú, al límite con Ecuador. A la playa. Sin un mango. Lo único que podía ofrecer allí era pinchar discos. Ser DJ de música electrónica en un par de bares. Lo probaron y anduvo. Le dieron a cambio casa, comida y tragos libres. Levantó el boliche donde arrancó. Se hizo capo en la zona. Los dealers le regalaban de todo. De un bar pasaba a otro a las cinco de la mañana. Luego a un after. Molido, a las diez de la mañana la seguía en la playa con doscientos gringos hasta las manos bailando en la arena la música de Adriano. Un día de zarpe cerró el bar y desde la barra le metía pastillas a la gente en la boca, en los tragos. Hicieron un viaje alucinatorio por horas en un crucero abandonado. Invitaba la casa y su líder, Adriano. No se bancaba a los porteños, nacido y criado en Moreno, provincia de Buenos Aires. El shhhh de Adriano era distinto al de los de Capital Federal. Con apenas veintiocho años, el pibe era un sabio. Tenía una disciplina oriental. Fue Encargado de Cocina cuatro meses en el Chalet. Era un perfeccionista. Sacaba siempre la comida a punto y bien hecha. Era el mejor cocinero del Chalet. Cuando comíamos su menú, todos nos rendíamos a sus pies. Se manejaba. Orientaba y siempre tiraba una buena. Sensible, se le acercaba a cada compañero que necesitara un poco de aliento, por depre o porque lo encontraba llorando solo en un rincón como a una vieja en un velorio. Adro le decíamos.

A las nueve de la mañana, en el tercer día de encierro tuve la entrevista con la médica psiquiatra. Esperé en un sillón incómodo a que me atendiera. Ella estaba con una paciente en el sector de las mesas del porche. En el sector que parecía un café.

Ahora era mi turno.

Sudar humanidad es sudar química. Son los medicamentos y alimentos los que sudamos. Nuestra sangre no es pura. Ni las lágrimas lo son. Estamos en proceso de prueba, ensayo y error permanentes. No morimos de golpe porque nos sostiene la química.

-Hola Alberto, hemos hecho un plan de acuerdo a tu diagnóstico y hemos cambiado toda tu medicación. Esta noche te la empezarán a administrar.

-Está bien doctora, pero explíqueme el cambio de la medicación. ¿Para qué me sirve, qué me hace?

-Cómo no. Mirá, la Desvenlafaxina es un antidepresivo que te sube el ánimo y al tomarlo en el desayuno te mantiene arriba durante el día. El Gabapentín es un medicamento antiepiléptico y anticonvulsivo que se usa como estabilizador de ánimo. La Lamotrigina pertenece al grupo de medicamentos antiepilépticos y se indica para el trastorno bipolar en el que destacan más los episodios depresivos que los maníacos e hipomaníacos. Clásicamente, se reserva el uso de Lamotrigina a su acción preventiva sobre los episodios depresivos. No obstante, surte efecto para situaciones maníacas. El Taxagón es un antidepresivo inductor del sueño, para los trastornos del sueño. Te ayudará a mantener el sueño más prolongado porque según tu historia clínica… vos dormías poco, ¿no?

-Sí, así es. En realidad, me acostaba a las doce de la noche y dormía con la radio prendida, y a las cinco de la mañana ya despertaba, no podía seguir durmiendo.

-Por eso. Esta medicación te ayudará a extender la fase del sueño a ocho horas. Y por último, el Modafinilo. Este medicamento se usa de complemento de la Desvenlafaxina, para bajar, para que no te quedes en una fase maníaca durante el día. Eso es todo. Ése es el plan de medicación. La semana que viene nos veremos y controlaremos los efectos en la semana y la adaptación de tu cuerpo a la medicación.

-Bien, doctora, gracias. Nos vemos entonces la semana que viene.

***

Formo parte de una Junta Militar imaginaria, de una cúpula de tres integrantes. Estamos preparados para tomar las decisiones adecuadas según la situación. Hemos pergeñado tres hipótesis de conflicto:

1-La deserción y escape del Chalet a través del salto del portón: basada en la experiencia del Coronel; hay internos que en abstinencia no soportan el encierro y se escapan del Chalet saltando el portón negro.

2-La agitación del ánimo: cuando reina en el ambiente del Chalet una tensión producida por la ansiedad y las discusiones llegan a niveles conflictivos altos, resultando por ejemplo en intentos de cagarse a trompadas entre internos.

3-La guerra de guerrillas contra el staff de AT (Acompañantes Terapéuticos): los AT se comunican con los pacientes a través de una reja; ellos son los que suministran las dosis de diez cigarrillos diarios y se convierten en blanco de demandas de los pacientes; en muchos casos se producen situaciones de amotinamiento de los internos, que ejercen un rol subversivo contra la estructura de funcionamiento de la institución.

El Coronel de la Junta Militar es Aníbal, el Capitán es Rafa y yo el Teniente. Nos sentamos juntos a la hora del desayuno, almuerzo, merienda y cena. Entonces pasamos revista a la situación del día a día. Los demás pacientes nos miran y se ríen, otros nos ignoran. Somos un trío que imagina una formación militar presta para el combate. Aníbal tiene las manos en los bolsillos de la campera inflable todo el día. Rafael no se saca nunca su campera patagónica de piel de oso y lleva en sus manos unas mancuernitas azules para sacar músculos en los antebrazos. Cuando se acuesta, las deposita en la mesa de luz, como los viejos que dejan la dentadura postiza en un vaso de agua. Rafa duerme en la 8 y yo en la 7, pero no hay una puerta que separe las habitaciones. Están unidas por una abertura. En la 8 duermen ocho pacientes. Aníbal duerme en la 3. En la 3 duermen cuatro pacientes. La 3 está en el primer piso y la 7 y la 8 están en el segundo.

Aníbal es el típico porteño sabelotodo. Hincha fanático del bicho de La Paternal. Flaco y de ojos muy celestes, saltones, como bolas. Habla gritando con la voz ronca. Se lo escucha en todo el predio. Hace diez años estuvo internado por alcoholismo y cocaína y se escapó once veces saltando el muro. Pero volvía. En realidad, lo devolvían al Chalet sus familiares. Y ahora recayó. Pero sólo con cocaína. Lo judicializó la familia. Putea todo el día. Es el Coronel que no tiene quien lo saque (del encierro). Se apoya sobre uno de los pilares del hall de entrada del Chalet y fuma. Mira la palmera y fuma. Su rostro es una fotografía de la angustia. Piensa en su hijo, en su esposa y en su amante. Aníbal tiene una amante que lo posee mal. Graciela. El estrés por mantener su relación clandestina con Graciela lo llevó a recaer en el consumo de cocaína. La conoció en el negocio de enfrente a la mueblería que tiene Aníbal en Flores. Graciela está casada con un hombre mayor enfermo de cáncer. Aníbal llevó a Graciela a su casa como amiga y la metió en su familia. Graciela se hizo amiga de la esposa de Aníbal, Sandra. Toman mate juntas los sábados a la tarde. Aníbal enloqueció con esa situación. Llegó a proponerles sexo grupal, a su mujer y a Graciela, él consumido. Graciela lo llama todos los viernes al Chalet para saber de su estado. Aníbal habla del tema solo con la cúpula militar. Rafa lo escucha y no dice nunca nada. Yo le hablo. Le digo que tiene que decidirse de una vez. Que se ha armado el boicot perfecto para volver a la situación de consumo. Aníbal lo niega y se enoja conmigo, me putea y se va a caminar solo por el jardín. El Coronel me ha tomado de confesor ambulante. Como a los tacheros. Yo no le doy bola a sus enojos. Lo escucho. Él se descarga conmigo.

-Es que no me aguanto más Alberto, esto yo ya lo viví hace diez años. Yo tengo familia, negocio, soy un tipo grande. No estoy al pedo como estos pendejos nenes de mamá que no saben tenderse la cama y en la puta vida le pasaron un trapo al piso. Yo lavaba todos los días el piso del negocio. No es joda. ¡Tengo un pibe de trece años! ¿Me entendés lo que te digo Alberto?

-Si Aníbal, ¿cómo no te voy a entender? Pero ahora estás acá hermano y tenés que remarla.

-Ma qué remarla, ¿tas loco vos? Yo ya la remé hace muuuuucho. ¡Vos no me entendés un carajo! Yo ya la viví ¿me explico? Yo acá vine por un par de meses pero no me aguanto más, las pastillas me tiran al piso, pienso todo el día en el negocio, en mi mujer y en mi hijo. Además, en Graciela. Ése es un tema muy mío Alberto, acá no lo puedo andar contando. Estos giles no entienden nada, nada entienden. ¿Me entendés lo que te digo? Escuchame, mirá, acá hay gente, pobrecita, que está destruida, ¡des-tru-i-da! Entonces ahí sí se entiende. Necesitan aprender todo de nuevo. Empezar a vivir lo que no supieron hacer afuera. Hay muchos loquitos ¿te das cuenta? Miralo a este pobre pibe (señala a Agustín): está re-loco, delira todo el día. No sabe qué puta hacer con su vida. Mirá cómo baila… pobrecito, yo lo entiendo. No sé, ¿me entendés lo que te digo?

Y así. Y así todo el tiempo. El Coronel encerrado es una bomba de tiempo. Va y viene. Unas veces se levanta bien y se caga de risa todo el santo día. Otras, se levanta mal y se quiere ir a la mierda.

-Dale Barbarita, por favor, dame el carnet de conducir, las llaves, mis documentos, dale, dame todo que me voy. Soy un tipo grande Barbarita. No pienso hacer la limpieza. Yo ya la viví a ésta. Dame las cosas Barbarita. Tengo los bolsos hechos. Dale que me voy.

Barbarita, una de las psicólogas del staff de profesionales de la institución, está detrás de la reja, en el STAFF, la habitación donde se guardan todas nuestras pertenencias en cajas de plástico identificadas con un número y ordenadas en una estantería metálica. Rubiecita, joven, pálida y seca, Barbarita escucha al Coronel y deja que hable, que grite, que patalee. Le ha negado el pucho de las cuatro y media por no hacer la limpieza. Aníbal está demacrado, parece no tener sangre en el cuerpo. Nervioso, ansioso. Sabe que no puede, pero arrebatado, se quiere ir. También sabe que si no viene la hermana a firmar no puede salir del Chalet. Pide un llamado urgente. Parece que va a explotar. Todos miramos al piso, caminando en círculos. Le autorizan el llamado y habla con su hermana. Se retira tres metros de la reja del STAFF y grita. Putea a los cuatro vientos. Manda a la concha de su madre a la hermana -que en definitiva también es la concha de su propia madre muerta hace diez años, muerte que Aníbal no puede aceptar ni cerrar en duelo-. Por eso dice que lo internaron la primera vez: porque se dedicó a chupar tras la muerte de su madre. Todo el día chupando en bares. Después le metió merca. Andaba recontra sacado y loco. Y lo internaron.

Rafa, el Capitán, es médico oncólogo. Un prestigioso médico oncólogo colombiano que vive en Argentina hace treinta y siete años. Formado en Houston, Texas. Es un oso de gran porte, no por lo alto sino por lo ancho -podría decirse también que es un jabalí-. Llegó al Chalet acompañado de un amigo, otro médico, viejo. Rafa entró dopado, cansado, con la guardia baja. Ese día llovía un mar sobre el Chalet. El Capitán tiene cincuenta y seis años y tres hijas. Separado de su mujer hace diez. En el hospital trabaja dieciocho horas al día, con pacientes en plan de vuelo, con cáncer terminal. En ellos experimenta medicaciones Fase 2, genéricos de prueba. Convive con el sufrimiento y con la muerte. Sabe de la inminencia del fin de sus pacientes, pero alivia sus dolores. Les estira la situación de acercarse al purgatorio. En la cadena médica está en la etapa “paliativa” de la atención. Se codea con el último suspiro de la vida. Rafa se hizo adicto al Tramadol, un opiáceo sintético indicado para el dolor. El sufrimiento de Rafa era el padecimiento de sus pacientes terminales. Se había mimetizado. El Tramadol lo anestesiaba y le permitía esa convivencia engañosa. Tenía los frascos en su casa, en el hospital y en sus ropas. No podían faltarle. En gotas lo tomaba con café o con agua. El Capitán se hizo omnipotente, un titán, un gladiador. En el hospital se quedaba hasta después de hora. No tenía registro del tiempo. Cerraba su oficina y permanecía adentro con la luz apagada y la computadora prendida. Hasta que caía dormido abrazado al aparato, con la cabeza sobre el teclado. Así lo encontraron una madrugada, desarmado, hecho un flan. El director y el equipo médico del hospital le propusieron tratarse. Internarse primero para desintoxicarse y luego tratarse. Así es como llegó Rafael al Chalet.

En la oficina del director del Chalet, durante la admisión, el Capitán sacó de sus bolsillos frascos y pastillas de Tramadol. Se los dio al director médico, despidiéndose de ellos hasta nuevo aviso, y vio cómo su placebo se diluía en la panza interna del inodoro en viaje hacia los bajos fondos. Al tercer día Rafa entró en abstinencia. Se lo veía espantoso. Encorvado en la silla, con los brazos cruzados y las manos contraídas, como un mono. Tiritaba. Estaba frío, pálido y sudaba. Los gestos de su cara eran de ansiedad. Estaba fruncido. Sus músculos eran pura gelatina. Rafa sabía de qué se trataba todo eso. Nos describía su estado mientras el cuerpo desesperado le pedía más droga. La abstinencia lo ponía en “el síndrome del mono”. Así, en ese cuadro, estuvo unos días. La imagen era espeluznante. Ver un oso derrumbado y tiritando daba miedo.

-¡Cómo le va mi Capitán!

-¡Bien mi Teniente! Escúchame lo que te digo ¿viste? Tú sabes que ya están queriendo salir los dorsales y los bíceps y los tríceps…nooooooo mijo, si yo he hecho mucho ejercicio en mi vida. Tú sabes, yo llegué a levantar 400 kilos de pesas, así como te digo mijo. Y se nota cómo transpira, exuda el Tramadol ahorita mismo, ¿oíste cómo te digo viste?

Rafa es suave y monologa en un tono encantador, mezcla de caribeño y porteño. Un tipo dócil para el trato y muy aconsejador. Pero se pone denso. Es difícil mantener un diálogo con él. Hipnotizaba al principio. Los primeros días, luego de su entrada, los demás compañeros y compañeras gozaban con sus silencios y genealogías. Rafa podía estar horas hablándote de la Primera Guerra Mundial, del armamento que utilizaban los prusianos y de la estrategia militar del Imperio Austro-Húngaro. De ahí pasaba –solo él podía hacerlo- al secreto del triunfo de Alejandro Magno sobre los persas. A las guerras médicas del 499 a.C., a las tácticas griegas en la batalla de Maratón y a la leyenda de Filípides, el mensajero que corrió hacia Atenas para dar la noticia del triunfo sobre los espartanos y levantar la moral de la ciudad y que cayó extenuado y muerto al llegar. A la cultura guerrera y navegante de los vikingos, al secreto de la piedra solar y a la armamentística nórdica. O a la forma de sobrevivir de los nipones en la Segunda Guerra Mundial, en el norte del Japón, comiéndose a los perros akitas y utilizando sus pieles para cubrirse del frío en pozos bajo tierra. Y a las bombas norteamericanas. Y a mucho más. Pero Rafa no dejaba meter un bocado. Y del interés que al principio despertaban sus relatos y su forma de comunicarlos, pasó a causar rechazo. Porque cada uno en el Chalet tenía su historia, y si bien todo el mundo hablaba de sus dramas, no cualquiera se bancaba poner la cabeza tanto tiempo en la locura del otro. Rafa tenía esa locura: la omnipotencia del adicto. De ahí su adhesión al Tramadol y su internación.

***

Se hunde el sol en Boulogne con los últimos alientos y cae como un pecho tibio sobre la cara de un bebé. El viento helado le gana al crepúsculo por goleada. Son las seis de la tarde del último día en el planeta. Parece eso. Se siente hondo y vacío. Aquí un domingo a las seis de la tarde es como asomar la cabeza a un pozo infinito. Algunos pacientes se bañan por tercera vez y otros llegan de sus itinerarios de paseo con sus familiares. Cabezas gachas y secos, vuelven tristes al encierro; porque saben cómo es esto de desangelado. Doy vueltas al Chalet una, dos y tres veces y solo pasan dos minutos y medio. Me siento en el pasto y cierro los ojos apuntando al tímido y último rayo de sol. Me pierdo en cabildeos y me levanto. Han pasado diez minutos. El tiempo es una entelequia abstracta. Acá lo que cuenta es la separación entre un pucho y otro, cada dos horas. Dos horas por solo un segundo de placer nicotínico. Los puchos acá duran eso: un miserable segundo. Rafa duerme en el sofá del porche ataviado con el vestuario de siempre: jogging negro, zapatillas deportivas, buzo negro y esa grisácea campera patagónica de piel de oso. Duerme para no esperar. Para que pase el tiempo sin tener que vivenciarlo conscientemente. Es una hora maldita y ancha. Me acerco y lo miro. Escaneo su cuerpo. Está tirado, desarmado sobre el sofá incómodo del porche. El silencio ha copado el mundo. Como si le hubieran bajado a cero el sonido al planeta. Mute. Rafa hace un gesto, luego abre los ojos y me mira sin moverse: “¿Cómo anda mi Teniente?”. Se le nota el cansancio hasta en la voz, en la demora de las frases. Rafa pasó el fin de semana metido en el gimnasio. Está molido. Se sobre-exige con la fuerza y los pesos. No para de usar las mancuernitas azules con resorte. Con las manos abre y cierra, abre y cierra, abre y cierra. Mil millones de veces. Caminando, sentado, charlando, en las terapias grupales. Cansa sus músculos, los quema y deja sin aliento a su sangre. Todo hace suponer que ha reemplazado las dosis de Tramadol por la liberación de endorfinas full time. Su omnipotencia está intacta, solo que sin drogas sintéticas. Ahora es Sansón. Te muestra los bíceps y te pide que se los toques… “Mira pues, toca, toca… ¿Es una piedra viste? ¿Oíste cómo te digo yo? Pffffffff… Es que hoy le he dado duro Teniente. Hoy hice pecho y espalda a las seis de la mañana, y en la tarde le di solo a los bíceps, dos horas y media de bíceps. Ya vas a ver cómo se pondrán en una semana. Serán una piedra de montaña… ¿oíste cómo te digo yo?”.

Rafa no quiere pensar o trata de no pensar. Habla y mientras habla le mete fierro a su cuerpo. En los grupos terapéuticos duerme encorvado sentado en la silla. Apocado y como un bicho bolita, va cayendo lentamente hasta apoyar el mentón sobre las rodillas y quedar ahí, con los brazos colgando, muertos, y sus manos reteniendo como pueden las mancuernitas azules. Por la mañana Rafa camina despacio y entra otra vez en síndrome de abstinencia, “síndrome del mono”, con las manos contraídas y el cuerpo encorvado, sufre… sufre… sufre, pero describe su estado para ponernos en autos, como cuando nos cuenta sus traumas de guerra en Colombia, de joven, en las fuerzas especiales del ejército de su país. Si bien hace años que vive en Argentina, aquello es pasado que vuelve por las noches y Rafa sueña… sueña…  sueña pesadillas. De madrugada, cuando todos duermen, él salta de la cama, se tira al piso de la habitación oscura en posición de combate, apunta a un fantasma y le grita que se entregue, pero el fantasma no le contesta; Rafa dispara y dispara, el fantasma cae y sangra y Rafa corre…  corre por el Chalet en calzoncillos, con los pelos desaliñados, como un loco, y se topa con una pared y se da cuenta de que todo ha sido un despropósito: codearse con la muerte en la lucha militar y en la lucha contra el cáncer de sus pacientes. Por eso los opiáceos, por eso la morfina, por eso lo que venga contra el dolor de los demás y el suyo; y así. Rafa pasa los días conmigo conversando de Capitán a Teniente, fumando los puchos cada dos horas, bajo el sol, la lluvia, la oscuridad. Me despido por la noche y lo abrazo y se conmueve y me conmuevo y él queda con su campera patagónica de oso polar, los pelos enrulados al viento de las seis de la tarde, con el pucho en la comisura de los labios, con la guardia baja como un boxeador aturdido esperando la toalla del rincón del Chalet.

***

Más allá de la estructura jerárquica en la institución, hay posiciones y discursos diferentes entre los internos: los fundamentalistas de la internación son aquellos que llevan más de seis meses aislados y vienen del infierno más bajo. Por lo general sus relaciones vinculares se destrozaron o están en eso. Tuvieron altísimos consumos, suman varias internaciones psiquiátricas y están jugando su última ficha en el Chalet. Para ellos “el afuera” puede esperar y tienen incorporado a fuego el discurso ideológico de la institución. Son los que controlan la norma, los que observan su aplicación e inducen a los demás para su cumplimiento. Manejan un capital simbólico y un lenguaje a la medida del estereotipo de la institución. Son los que promueven la idea y la toma de conciencia de la enfermedad hacia el resto. Tienen autoridad no institucional porque no han sido condecorados, pero la ejercen, con cierto barniz de prestigio que les otorga el cambio de personalidad luego de meses de abstinencia del consumo. Si bien se quejan, porque sus palabras son escuchadas, se autocensuran y alivianan con las “llamadas al orden” del equipo terapéutico. Son los Encargados: de la Cocina, del Pañol, del Gimnasio, de la Casa, del Pan. Funciones que ponen a prueba a los destrozados.

Por otra parte, están los críticos, que no se adaptan y solo piensan y desean salir lo antes posible de la institución. Les pesan los meses de encierro y no se bancan el mandarinato de los fundamentalistas. Son los que observan y putean todo el tiempo. Por lo bajo y en público. Son los que se quieren cagar a trompadas en cualquier situación de tensión. Reciben la condena por la inadaptación. Depresivos, bipolares, visten la misma ropa por semanas, desesperados. Por centrarse en la crítica, pierden fichas en el juego. En la institución hay un doble discurso efectivo. Que funciona así, doble, pero funciona. Porque hay un doble juego de intereses. Por un lado, la institución pone en valor su prestigio “sacando adictos” recuperados con una estructura de funcionamiento. Por otro, el sistema de internación por más de un año implica el sostenimiento económico de la institución, de su estructura burocrática, del equipo terapéutico, de las ganancias de sus directores. El discurso de “no pensar en el tiempo” es la clave para la retención de los pacientes.

***

Paliábamos la dieta alimentaria con humor e ironía. Si bien la comida era rica un par de días de la semana se repetía y el postre siempre era el mismo: manzana roja. Y como nos atendíamos entre los internos, a veces, en estado maníaco, sobreactuábamos de mozos imaginando lo que deseábamos.

-¿Cafecito o capuchino Capitán?

-Cafecito Coronel, hoy prefiero cafecito y acompáñemelo con un bocadito de chocolate por favor.

-¿Y usted Teniente?

-No, yo paso, con el tiramisú estoy bien. En todo caso le aviso más tarde Coronel.

-Capitán, Teniente, miren que ahora viene la entrega de los rocklets, las pastillitas de colores, miren, ya están haciendo la fila los monitos, miren cómo ponen la manito como monitos para que les den los rocklets.

-Jajaja mi Coronel…yo no puedo comerme ahora las pastillitas, acuérdese de que una de ellas es Tyson y tengo que lavar treinta y tres platos, treinta y tres tenedores, treinta y tres cuchillos, treinta y tres vasos y treinta y tres platitos de postre.

-Ahhh bueno… entonces el Teniente y yo nos vamos a fumar afuera, a la rejita, donde van todos los monitos a pedir el puchito antes de acostarse. Nos vemos Capitán… que le sea leve el lavado.

-Nos vemos mi Coronel, adiós mi Teniente.

***

Los monitos están donde tienen que estar a esa hora de la noche: con las manitos agarradas de las rejas del STAFF. Piden de todo, como en el zoológico. Son muy demandantes. Si bien hacen fila, enseguida la rompen y se amontonan frente a los barrotes como si estuvieran en una oficina de reclamos. Es la noche que arrastra todo el cansancio de este mundo. Los monitos están papeados y de a poco entran al estado farmacológico. Se les caen los brazos, miran el suelo y se dejan llevar por el viento helado.

-¿Me pasás una llamada por favor Francisco?

-Mmmm…  no Julio, no tenés autorizadas las llamadas, lo sabés.

-¿Cómo que no puedo llamar? ¿Quién dice que no puedo llamar? ¿Me estás jodiendo Francisco? ¡Hace una semana que no hablo por teléfono!

-Julio… por favor, no insistás. Y correte del medio que hay compañeros esperando el pucho.

-¡No insistás las pelotas! ¡Tengo derecho a llamar a mi familia, esto es de terror… la puta madre que los parió! ¿Cómo me van a prohibir una llamada? ¡Ayer me sacaron los puchos de la noche porque se les cantó y ahora me prohíben una llamada!

-Julio no me grités, tenés un SA (Situación de Aprendizaje) y sabés que no podés llamar hasta salir del SA.

-¡SA y la reconcha de su madre! ¡Se van todos a la puta madre que los re mil parió, manga de hijos de puta! Ustedes interpretan lo que se les canta el forro del culo. Quiero cada uno de mis puchos ahora: los que me deben y los que me corresponden esta noche. ¡La tienen conmigo manga de cabrones! Es un delirio esto…

Julio se da vuelta y camina con las manos en los bolsillos de su campera negra de cuero. La noche está abierta y el frío cala los huesos. Se le escuchan las puteadas en todo el predio. Julio tiene entre cejas a Francisco, psicólogo y AT de guardia. Se aleja del grupo de monitos frente a la reja. Apoya su espalda contra la pared que da a la piscina y pierde la mirada en el cielo estrellado. Nadie se acerca a un volcán en erupción. Julio se asemeja a un personaje oscuro de la película Inland Empire, de David Lynch, uno de sus directores de culto. Está pálido, harto, cansado, irascible. Lleva un año y medio en el encierro. Julio es un porteño de Barrio Norte, un pibe de guita, rubio de ojos celestes. Tiene trece tatuajes en el cuerpo: diez hechos por distintos tatuadores y tres hechos por él mismo con una máquina que se compró.  Además, las orejas le cuelgan por dos grandes expansores de palo santo, redondos. Tiene seis piercings en las orejas. Es devoto de la modificación corporal extrema. Conoce del tema. En estados de absoluta inconsciencia, Julio y sus amigos se tatuaban las piernas, los brazos, la espalda. Él tomaba un menjunje explosivo de ginebra con pastillas, porros y merca. Cuando andaba con furia, salía a robar autos: los palanqueaba con una barreta y se iba de gira por ahí, de puro gusto y adrenalina. Luego los dejaba tirados. Los destruía a patadas y los rayaba. Su especialidad eran los autos de alta gama de zonas acomodadas de Capital Federal. Cuando salía de noche, primero cenaba en el restaurant de su abuelo en la Costanera. Ahí se pedía un vino de 350 mangos, y luego otro, antes de comer. Después ordenaba parrilla completa con ensaladas variopintas. Y se tomaba otro vino de 350 mangos, como agua. Comía postre con un champagne y al final se chupaba un trago preparado. Salía totalmente borracho a pasear su locura. Se metía un éxtasis, entraba al lujoso departamento de sus padres y se encerraba en su habitación a fumar marihuana y a escuchar al palo a Metállica. Desparramado y sin desvestirse, con la música de fondo, Julio despertaba a las dos de la tarde, resaqueado y maldito. Eso lo hacía solo, cuando no tenía planes con los amigos. Llegó a pesar 120 kilos.

Rockandroll, como yo le digo a Totó (o Franco según la ficha de admisión) no actúa de monito como los otros. Rockandroll se pega a la reja pero no la agarra con las manos. Solo se para enfrente y mira fijo a Mariana, una AT que sirve los cigarrillos. La mira con picardía. Con los brazos vencidos queda ahí. Parece un muñeco, un extra de película que transgrede el guión y pasa a ser protagonista cuando se activa.

-Mi amor…ey…mi corazón, ¿me das mis gotas de Rivotril?

-Ya las tomaste hace media hora, tranquilizate…

-Daaaaleee… dame las gotitas y vamos a dormir la siesta juntitos.

-No se puede dormir siesta, ponete al sol un rato Franco, te va a hacer bien.

-No quiero ponerme al sol Mariana, el sol me hace mal. El sol de acá me hace mal.

-Bueno, entonces andá a caminar por el jardín y punto Franco, basta.

Rockandroll se da de baja y gira su cuerpo como un maniquí, con los brazos caídos pegados a sus piernas. Se le acerca a Daniela y la abraza y le dice que de aquí vamos a salir todos bien y sanos. Daniela intenta despegárselo. Pero no puede porque Rockandroll es muy grandote y alto y no mide su fuerza. Gimotea en delirio. Se aparta de la tropa de internos y le apunta al muro. Toma impulso y corre. Salta un metro antes del portón negro y apoya su plantilla derecha sobre la chapa y con sus manos se aferra a los caños superiores. Parece que llega pero no: derrapa. Su pie izquierdo resbala por la chapa del portón y queda colgado con una mano, sin fuerzas. Totó Rockandroll lo ha intentado por cuarta vez. Unos grandotes se le acercan para maniatarlo y Totó tira piñas al aire y corre. Nos tira patadas a los que estamos esparcidos en el pasto. Desesperado cae como un toro clavado por cien lanzas. Se resiste en el piso. Somos ocho los que agarramos a Totó. Alguien le abre la boca con las dos manos para que le enchufen doce gotas de Rivotril. Media hora en el piso con Rockandroll hasta que le hace efecto. Totó se desarma y balbucea. Me mira a los ojos y me reconoce. “Ey, yo quiero que vos seas mi padre”, dice.

Y se duerme.

“El batallón bipolar” fue publicado en “crónicas tribales”. Marcelo Padilla.

El infiernillo editorial. 2017. Dorrego, Guaymallén. Argentina.

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