MENDOZA O LA REGIÓN MORAL. ANOTACIONES EN LA EXTINCIÓN

Mendoza o La región moral

anotaciones en la extinción

 

por marcelo padilla

El empuje al goce en el consumo (dispositivo histórico) frente al límite impuesto por la pandemia pone en jaque a las prácticas y desorienta el horizonte simbólico que el capitalismo propone para la realización humana. Así me lo dijo el terapeuta en la charla telefónica. El shock lo produce el sacudón de la experiencia vivida en el tiempo presente y ahí vienen los pacientes, con la melancolía finita y amesetada, con sus prohibiciones que antes eran tramo de goce del instante perpetuo para producir el acontecimiento de la realización. Atraviesa tuberías de todas las clases sociales, acomodándose en cada caso al nivel aspiracional que logra filtrarse en el deseo. Por eso el disloque entre tiempo y consumo, por eso la augusta marcha hacia los almacenes en clave anónima (barbijo y cabeza gacha) para hacer una fila y comprar pan, leche y fideos. Toda la infraestructura montada por décadas para el peregrinaje hacia la deidad ha quedado lisiada y en pocos meses muestra la tendencia a la desaparición por agotamiento de stock y falta de producción. Lo que se mueve hormigueante es el conglomerado de comunidades virtuales que han depositado su fe desencantada en la suspensión del contacto certero para dar paso al confort del cuerpo estancado por cansancio, solo hace falta, además de los dispositivos electrónicos, tener brazos y manos para poder teclear y una tarjeta para generar el intercambio de bienes y servicios. Es lo que estamos haciendo, por ejemplo, en esta charla, remató el saico, para luego despedirse por teléfono.

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Por suerte ha cambiado de posición, digo: “por suerte”, por no decir que tras el paso del tiempo las posiciones cambian, los mapas ya no son los mismos, las frontera delimitadas arden en rojo de las locaciones que se modifican, la nieve que está ahí en todas las fotos se derrite. Los cuerpos, las cuerpas, el tono de la voz… decaen, establece domicilio el ironismo hegemónico como coraza o el cinismo de la crueldad que nos hace más humanos. Las tendencias estéticas y performáticas, la iconografía despintada de la ciudad se ven mejor en las redes, luce la pobreza y la selfie con cuerpos pobres de carne sin hueso. O de puro hueso porque la carne está cara. Adelgaza la vieja utopía de la emancipación. Los lenguajes sin lengua brotan como la chipica estoica, y las palabras hoy son las que mandan, más que los actos, más que los hechos. Por eso cambiaría la frase popular: “palabras y no hechos”. Más palabras que soslayen el vacío y la fugacidad de la existencia. Eso, si no está el muerto. Eso, si el cuerpo sigue como licuadora de deseos incontinentes. Si el porvenir es largo la experiencia del instante es lo que cuenta, el presente antioxidante de yogas y drogas. El cuerpo intervenido con tatuajes o mutilaciones, intervención corporal extrema, diversas formas de ser un avatar en la desmemoria que ha adoptado la realidad. ¿La única verdad es la mentira?

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¿Suspensión del tiempo? Marea la noción y su percepción, no sabemos si es martes o domingo, excepto por el anuncio de los calendarios en una cuarentena tediosa hasta el hartazgo donde nos regimos por el contador que enumera muertos y contagiados. ¡Ay si de todo este asfixiamiento algo nos sirviera para pensar! O quién sabe, tal vez mutilarse frente al espejo o arrojar bocanadas por la ventana, como los nórdicos que salen a gritar su terapia en campos solitarios, sentados en una silla mirando un edificio o una montaña. Mendoza no es Noruega, tampoco Uruguay ni algo que se le parezca, mucho menos la Suiza del pilo de libro verde bajo el brazo. Es tan solo una pendular provincia cuáquera del oeste pegada a una inmensa cadena de montañas con un hueco que a los veinte minutos de su traspaso apareces en Chile, un país largo y finito que da al mar desde el norte hasta el sur, completo recorrido de mar del norte hasta el sur. Nosotros en este páramo, pleno de árboles y plazas y parques que solo podemos ver por fotos y videos. Suceden discusiones en las redes, no sé bien por qué las redes han logrado su cometido, enredarnos, y en ese suspenso la ira del desenredo asfixiante. Somos también lo que hemos deshecho, en gritos de gargantas de arena, o por el polvo cultural de nuestra funeral provincia.

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Sin embargo el invierno, una boleta de luz a 5 lucas, un alquiler -y decí que algunos pueden garparlo, estar bien con el fisco, ser ciudadano contribuyente premiado por alguna intendencia online-, porque ahora las intendencias y los gobiernos, las instituciones educativas funcionan online, los edificios están ahí, vacíos, o con custodia. Estamos en el aire, en vivo, en el éter, trashumantes de comunidades virtuales que nos devuelven la áspera sensación de la imposibilidad de los encuentros, del cara a cara, del café donde se charla y combinan juegos de producción de sentidos, mirándole la cara al otro, con el tiempo de Otra Era que ya no es, ni sabemos si será, igual. Mejor o peor no califica como reflexión. Vivimos, como dice Néstor Perlongher en su tesis de antropología “El mercado de la carne”, bajo “La Región Moral”, un espacio del imaginario simbólico que, hecho trizas, pavonea toda su indolencia. La instantaneidad de las tecnologías invitan más al impulso incontenido que a la reflexión y al pensamiento. Se piensa “fuera de las redes” y luego en ellas se vomita la mala traducción.

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Nos han ganado, hemos perdido, estamos derrotados, ¿cuánto cuesta asumirlo? ¿Por qué la celebración virtual de tantas efemérides? nos atrapan los recuerdos que no son nuestros, son los recuerdos de una máquina que te los restituye y ahí activa el sensor en cada uno. Fotos de juventud, fotos de aplicaciones, fotos de obituarios. Los avisos fúnebres del Diario Los Andes, una sección deliciosa para leer en clave… “¡Oh! ¡Aquellos tiempos!”, si tenían la cruz o la estrella o la luna menguando, y esa aristocracia del luto que envejece y va desapareciendo. Se muere más en Facebook. Vivimos y transitamos la extinción, ¡Para qué negarlo! ¿Para qué esa fe sobreactuada de consignas desacralizadas? “me emociona lo que pusiste”, “no paro de reírme”…un corazón o una manito de ok, y esas participaciones que agradecen la mención de alguien para con otro. Millones de grupos de guasaps, algunos silenciados y otros por silenciar, agenda surtida de contactos: parientes, remises, deliverys, amigos y amigas, relaciones amorosas y sexuales, grupos que se comparten materiales de construcción en plena falla. Porque además vivimos en la falla, que es geológica. Mendoza falla.

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Tenemos algunos ríos y pocos lagos, un par de diques importantes, una montaña con nieve y sol, cabañas para el turismo mirón a 5 lucas para 6 personas que ya ni los lugareños pueden ir, excepto los que siempre pueden, los que siempre podrán adelantarse como lo hace cualquier mamífero dejando atrás a las tortugas. Los peces solo flotan, los cazadores esconden sus armas pero no sus motosierras dispuestas a arrasar con lo poco que va quedando. Apelar a la voluntad como acto de cobardía, porque gobernar en tiempos de la peste requiere más que gestos y fotografías, actos de coraje. La salud no es solamente una epidemiología, es un concepto total, más abarcativo para las especies, y la nuestra hoy padece formas de locura encerradas que nadie está teniendo en cuenta. En este páramo, en esta provincia bendecida por su Virgen de la Carrodilla, los patrones de los viñedos son los dueños del agua y de la uva, pues la virgen está ahí mirando sin hacer nada, a lo sumo escoltando una peregrinación en épocas vendimiales, citada en esa marcha medieval, el arado y el suelo, y las manos laboriosas que cobran por tacho. La provincia como aspecto de un mapa, una falla geológica, una especialidad para arqueólogos que cuidan con armas sus museos a cielo abierto con el aval y la bondad de las políticas patrimoniales y los dueños del patrimonio. Mendoza camino a la App ¿para descargar? y ejercer el derecho de estos días: la travesía de estar solos.

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