HOMBRE DE CAMPO

Un exquisito cuento de Agustin Conrado para Escribientes, la sección de literatura de Zona Crítica Cuyo

Por Agustín Conrado

HOMBRE DE CAMPO

 

Un hombre “de campo” es nacido y criado en las montañas de Potrerillos. Se dedica a lo que sea que hagan los campesinos de alta montaña. Es un hombre curtido por la intemperie y sus arduas exigencias de vida. Cuando pasa la barrera de los cuarenta siente una suerte de crisis existencial: ya tiene su propia chata, el depósito lleno de leña y casi cincuenta ovejas ponedoras (no sé si dice así). Necesita un cambio, o al menos, una distracción. Necesita algo que lo saque del estancamiento de estar siempre bajo el inmenso cielo cordillerano, ante la mirada imponente de los cóndores y el olor a níquel primordial de las piedras. Entonces un vecino, el único que tiene, le sugiere alquilar un monoambiente en el microcentro. Le dice que él baja a la ciudad todos los fines de semana: sube a toda la familia a la camioneta y van por el día, almuerzan en la terminal de colectivos o hacen alguna excursión a los ministerios que hay en el barrio cívico; se llevan los sanguchitos, las gaseosas y juegan a llenar el cero-ocho (la abuela es la más rápida y siempre gana, le dice). Ya que él está en buena posición (¡cincuenta ponedoras!) se convence y alquila un departamento chiquitito en el edificio de oficinas que está sobre la Galería Lavalle.   

La primera vez que entra al departamento respira con profunda satisfacción el aroma urbanita. Ahora sí, piensa, tiene algo suyo en lo que poder dedicarse. A partir de ese momento va todos los fines de semana y de a poco va trabajando en su departamentito, en hacerlo propio, en convertirlo en su espacio de distracción. El primer fin de semana pinta las paredes de blanco. En otra oportunidad cuelga unos cuadros, funcionales y sosos. Después ilumina todo con dicroicas. Cuando junta un poco de plata compra unos muebles art decó, vajilla símil oriental, una alfombra ánimal print. Para darle un poco más de “aire de microcentro” deja sobre la mesa una pila de impuestos por pagar. En otro fin de semana amura una pizarra en la que dibuja un calendario lleno de actividades: reuniones con clientes, paseos con los chicos (que no tiene) y eventos de beneficencia. Como le parece que siempre falta algo más lleva, en una oportunidad, un montón de botellas de vino rosado, terma y latas de cerveza, todas a medio consumir. Deja una caja de pastillas para dormir en el botiquín del baño (que robó de la mesa de un café en la peatonal), incluso pone sobre la mesa un cenicero de madera que dice Recuerdo de Sao Pablo, lleno de colillas (aunque él no fume y no haya ido nunca al Brasil). En el ropero hay un montón de ropa que ha ido comprando: camisas hawaianas, sandalias cancheras, lentes de sol y pilotos marrones; incluso esos calzoncillos ajustadísimos con estampado de dinosaurios.

Pero siempre falta más: así es con los proyectos de estos cuarentones. Un día deja una bombacha hecha un bollito a los pies de la cama: una tanga fucsia que compró en un local de la galería. En el baño, donde ya tenía un cepillo de dientes, una loción y gel para el pelo, deja unas toallitas femeninas, manchadas con salsa, en el tacho de la basura. En la heladera pone unos fiambres abiertos, un sachet de yogur, cinco huevos. Pero es al pedo: todos los fines de semana baja de la montaña, va hacia su challecito de galería y siente que faltan cosas. El tipo trabaja toda la semana, cuida las ovejas, va y viene con la chata y por eso siente que se merece que el departamentito esté completo. En la desesperación, empieza a aburrirse. Se le ocurre pasar por la biblioteca de una universidad y robarse unos manuales para dejar sobre la repisa. No sirvió de gran cosa. Empezó a cambiar las bombachas de lugar y de forma: talles distintos, bombachones o microtangas. Nada sirve, piensa él, mientras habla con el único vecino que tiene, a la orilla del arroyo Guzmán, camino al Salto. Termina metiéndose a un sex shop, compra un pito de plástico; se las arregla para que un dealer le venda pastillas y bolsitas y deja todo desparramado sobre los sillones y la mesa. Todavía falta algo.

Entonces comprende cuál sería el detalle perfecto para su jardín: deja sobre la mesa del departamento la nota del suicidio y, antes de subirse a la chata, llama a la policía para avisar que en un departamento de la galería Lavalle sale olor a muerto.

 

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