GANÓ MACRI, AUNQUE PIERDA

Por Claudio Fernandez

Macri ganó, aunque pierda, esa es la hipótesis. Cuando el actual presidente nombró a su compañero de fórmula logró un efecto semántico y político inesperado. Sabemos que los medios oficialistas anunciaron la designación de Miguel Ángel Pichetto como un logro estratégico y pragmático, los voceros no dudaron un instante en instalar la noticia como una “patriada corajuda” digna de un líder con agallas. La alegría de los periodistas se les salía por la boca, almibarados de lujuria envistieron con los ropajes de la verdad, la justicia, la democracia y todos los demás epítetos republicanos que se les ocurra al todavía senador peronista, tanto así les cayó de simpático que dejaron de nombrarlo cómo a todo peronista hay que nombrarlo, de la manera más grasa posible, y comenzaron a nombrarlo sin hacer sonar la “ch”, si hasta recién era PiCHetto, ahora sería PiQUEtto, uno de los nuestros, un peronista…ponele… pero digno. Les compañeres leyeron la noticia como una demostración de desesperación por parte del macrismo, “no saben qué hacer”, “están desesperados”, olvidando que en tres años el macrismo ha logrado construir alianzas con las provincias mucho más duraderas que las alianzas que creyó tener el kirchnerismo en doce años, y hasta parecen entrar en trance de goce orgásmico cuando Victor Hugo anuncia que en otra provincia de mala muerte perdió el candidato de Cambiemos.

 

Los radicales nos pasan la lengua por la oreja mientras “Barcelona” y “Eameo” nos dibujan un tapiz “memmero” y afrodisíaco para que les compañeres nos hagamos la paja y nos burlemos de cómo la UCR se queda fuera de las fórmulas presidenciales. Quiénes nos oponemos a Cambiemos nos comportamos como la hinchada de ricachones que va a los mundiales a cantarle a Brasil decíme qué se siente.  En la provincia de Buenos Aires gobierna Vidal, en Córdoba ganó el peronismo y apenas estaban los resultados de boca de urna ya anticipaban que no apoyarían una posible fórmula K, en Santa Fe puede ser, y en Mendoza el precandidato que perdió las PASO, ferviente católico defensor de la familia, la monogamia y la heterosexualidad como única alternativa “natural” de reproducción y de existencia, saluda a la comunidad LGBT+ por celebrarse los 50 años de las protestas en Stonnewall en su cuenta de twiter. Mientras tanto De Marchi, Tadeo y Orozco nos meten asfalto y bicisendas hasta por encima de la tierra de las macetas en donde hibernan nuestras plantas de cannabis. El mayor logro de federalismo que tuvo el kirchnerismo en sus doce años fue haber creado radicales empoderados por el voto no positivo, hasta ahí eran nada, ni siquiera eran tibios, pero ponerlos en el lugar de la tibieza los posicionó al estrellato de la Unión Cívica, ahora son “todo lo que está bien”, esa hermosa etiqueta que te hace ganar créditos y estrellitas.

Macri Ganó, aunque pierda… porque hace jugar a sus contrincantes en su campo y bajo sus condiciones de discursividad, en ellas no hay conceptos para analizar filosóficamente, concepciones políticas para definir o definirse, identidades étnicas, de clase o de género para construir o deconstruir, no hay nada de aquello que los liberales llaman “tendencias ideológicas”, no hay representaciones históricas precisas, no hay referentes artísticos o intelectuales más que los arrimados de frío y los célebres escritores que le temen a la izquierda en cualquiera de sus formas pero temen todavía más al peronismo. El macrismo es un significante flotante que hasta puede hacer una concienzuda defensa de los derechos humanos en la Venezuela de Maduro y dejar en  ridículo a todo aquel que no se de por aludido. Qué lejos quedó aquella pregunta que creíamos fuera de todo contexto“¿es verdad que se viene el zurdaje”. Mirtha Legrand, Susana Giménez, Polémica en el Bar, Fantino, Eduardo Feinmann, ellos son los profetas del odio, un lugar del sentido común infranqueable para nuestra erudición de izquierda populista devenida en totalitaria y absurda, según el análisis periodístico de los Minguitos Tinguitelas del big data, somos parte de un pasado revolucionario que nunca fue pero del que nunca volveremos.

 

Sabemos que tenemos que lidiar con una “Cancha Rayada”, el macrismo ha impuesto una novedosa manera de hacer política, que ya no se trata de llenar estadios, plazas, calles y ferias del libro, ni cortar calles, ni hacer revistas, ni canciones, ni monumentos. Una guerra semántica en un campo de batalla digital en donde todo lo material se disuelve en tres o cuatro tuits bien dirigidos. Si hay una red social en donde el odio y el escarmiento son la bandera de la justicia y la moral, alguna moral, cualquiera que sea, esa es twiter.  Les compañeres todavía usan las herramientas del viejo y querido facebuk, pero lo hacen en 240 caracteres,  tratando de abrir el debate tiran al campo verdades históricas e irrefutables con estadísticas o efemérides, trayendo del pasado frases de próceres deshilachados, hidalgos comentarios encendidos de nacionalismo que citan a Jauretche o a Hernández Arregui, videos de gente pobre con la estampita de Evita, obreros que le piden al presidente que “haga algo”, una chica explicando por qué a los pobres les gusta ser pobres, mujeres y mujeres con pañuelos verdes, pañuelos blancos, pañuelos y pañuelos, mucho material ideológico-político, mucha izquierda bien intencionada, crítica, soberana y soberbia, defensa del Estado garantizador de la justicia social, palabras y palabras que significan diversos significantes que interpelan a una siempre contradictoria noción de pueblo y nación, todo dialéctico. Es una guerra que habría que combatir con las mismas armas, y es por eso que del otro lado del campo de batalla nuestros gritos de guerra se escuchan cómo tontos tiros al aire, pura falopa, y a todo ese arsenal de frases que son “parte de una particular manera de interpretar el mundo” los Federico Andahazi, los Caseros y los Fernando Iglesias responden con un misil “Quiero Flan” y te destruyen y desarman en un sólo tuit.

Cuando aquel sábado se anunció a través de un video y por tuiter que la fórmula del peronismo kirchnerista era Fernández-Fernández, les compañeres celebraron con alegría aquella “sorpresa” y anunciaron a través de todos los medios su célebre pero todavía triste canción de guerra: “a volve’, a volve’, vamo’ a volve`”. Si bien todos los medios se hicieron eco de la noticia, la fórmula no tenía casi nada de sorpresa. Cristina había presentado su best seller en la Feria del Libro con una masiva convocatoria, en las primeras filas las celebridades Nac&Pop se acomodaban en la trinchera sin salirse de la zona de confort del progresismo derechohumanista, había vuelto, habíamos vuelto, y al lado de la carismática líder estada Alberto. La dupla Fernández – Fernández, un giro lingüístico que no tiene giro, del lado que lo mires está Cristina. Para el resto del universo no peronista el regreso de Cristina como candidata en una fórmula presidencial tiene como única innovación la insólita resignación que hace “Ella” del primer lugar, nada más, Cristina ha vuelto… manzana. En tuiter el hashtag de esa semana fue #Arrugó Cristina. Ella había vuelto, pero escondida tras el bueno de Alberto Fernández, el exministro que organizaba recitales de rock en el salón Blanco de la Casa Rosada y que hasta ayer era un tuitero ferviente y puteador, ahora se conforma con seguir la cuenta de su perro colie Dylan y twitear encendidas proclamas tales como: “para un perronista no hay nada mejor que otro perronista”.

Ganó Macri, papu.

 

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