APUNTES PARA INVADIR “CIUDAD SUAREZ”

 

Marcelo Padilla

La gente que vive en las ciudades cabeceras de las provincias, generalmente, es reaccionaria. Se le promueve una señalética moralmente ciudadana e higiénica, supuestamente producto del consenso del pensar en comunidad luego de adherir a una imagen política en una coyuntura electoral, sin embargo –pareciera ser la formula- reacciona. La gente en la ciudad reacciona. Plazas con juegos, pasto, calles arregladas, limpias de inmigrantes, de vendedores ambulantes, de músicos callejeros. Un tipo particular de orden. La ciudad apela a un orden dentro del caos que no asume, condición de existencia de toda ciudad, opta por combatir el caos imponiéndole a las trazas y cuadrículas, un orden físico y simbólico. No asumir el caos como parte de la existencia de la muchedumbre en las ciudades tiene sus consecuencias. Y no hablo de anarquía frente al orden sino más bien de la posibilidad de asumir la dualidad constitutiva entre lo sagrado y lo profano. La figura del comerciante es un caso. Sometido al régimen de impuestos y tasas, reglamentaciones e inspecciones permanentes, el comerciante ve en el trabajador callejero o en el vendedor de alimentos, hasta en el artista que para en los semáforos, a un enemigo a quien combatir. Produce un desplazamiento de toda su impotencia hacia el minusválido. En los centros de consumo los comerciantes no pueden asumir los costos por crisis económicas entonces lejos de protestar por quienes los oprimen acuden al odio y descargan su batería de imposibilidades frente al que se gana la vida caminando por la calle o en una vereda, sea vendiendo algún que otro alimento, o simplemente pares de medias. Es una cadena de montaje donde el que oprime vehiculiza dispositivos de control sobre los oprimidos para culpar -no al opresor- sino al que está en la vereda o en la calle ambulando. Regulado el espacio público por códigos de convivencia la ciudad barre sus veredas de indigentes y trabajadores informales. La fuerza pública protege al que tiene más fuerza y el Estado queda así a las órdenes de sus militantes del orden. El mercado regula y la policía reprime a quien no se aviene a la regulación. Ciudades virtualizadas y racistas, babean por emular a ciudades europeas donde sí hay músicos callejeros, inmigrantes, diversidad, pero también xenofobia hacia quienes les hacen el trabajo menor.  Y aquí son Patricios del “cipayismo colonial”. Los habitantes de las ciudades se quejan. Son miedosos y compran dólares. Para el caso los mendocinos urbanos propietarios del territorio, por eso votan al que les cuida sus intereses ombliguistas, aunque el que se los cuide no viva en la Ciudad Capital y resida encerrado en un cantri de Chacras de Coria. Donde viven otros miedosos enrejados con policías privados.

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A poco de asumir el gobierno en Ciudad Suárez, el intendente realizó un evento sobre urbanismo en Mendoza. Lo organizó el municipio,  quien trajo entre otros, a dos figuras consagradas en el tema que dieron sus pareceres sobre lo que deberíamos hacer en Mendoza para no sé qué: al catalán Toni Puig Picart, reconocidísimo gestor e ideólogo del plan Barcelona y Bilbao, y a Gustavo Restrepo, el que ideó el plan cultural de Medellín, Colombia, ya sin Pablo Escobar. Por lo menos así se los trae y presenta, como los gurúes de los centros. Los que cambiaron de plano la calidad de vida y estética de sus ciudades. Bien, seguramente no deben haber sido ellos solos, un imposible, pero así son las presentaciones de autor en el mercado del conocimiento y de las gestiones públicas y privadas. Uno se lleva los laureles y los albañiles las bolsas de cemento en sus espaldas. El seminario fue un éxito. Se llenó de arquitectos, gestores culturales privados y públicos, artistas, y, en la puerta, quedó la chusma: los albañiles. La chusma nunca tiene poder al parecer (eso es lo que nos quieren hacer creer y les quieren hacer creer) La chusma es una masa informe para los calificados facultativos y los ilustrados. Pero la chusma, tiznada, habla a través de un poder invisible y sin nombre propio: hace circular “el rumor”. Ese es el poder de la chusma: el rumor. Poder construido en condiciones de subalternidad cultural e ideológica. Un poder que circula y, según las coyunturas, puede que articule un huracán o sople como un aleteo de mariposa cuando el huracán se da en China.

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Volvamos al seminario de urbanismo con los popes. Hubo una declaración de Toni Puig Picart que se viralizó en las bajadas de las notas en aquel momento sobre la cobertura del evento que decía lo siguiente: “el gran problema de las gestiones públicas es que se roben los fondos públicos”, y recetó “un viagra ciudadano para combatir la impotencia de los intendentes“. Seguramente el gurú catalán (el Messi del urbanismo) no sabía nada de lo que estaba sucediendo en la propia Nave Cultural donde se realizó el seminario; o sí, vaya a saber. En fin, tribulaciones de la plebe. Lo cierto es que cuando los radicales hablan de ética hay que contar los cubiertos (Menem dixit en la mesa de Mirta Legrand refiriéndose al pilo bordón en aquellos años) “Los cambios se dan naturalmente”, dice el Alcalde mayor de Ciudad Suárez, fundamentando, con esa frase, su propuesta de eliminar la siesta en Mendoza. La idea de metrópolis. La idea de la Gran Ciudad, o mejor, la idea de la trasmutación de la aldea en una gran ciudad. En Ciudad Suárez se vive por osmosis inversa. Mendoza es mediana y ocurre la medianía típica de las ciudades medianas. Ni chicas ni grandes, medianas. Ese estado de la medianía resulta incómodo y resiente a los peregrinos. Vivir en la medianía es vivir en una especie de no lugar, en un no tiempo. Las ciudades chicas tienen su grandeza por la proximidad de las cosas, de los lazos sociales y familiares, y las ciudades grandes sus estrechas miserias en la soledad y los abandonos. El Alcalde habla desde “un lugar”, el lugar de la rentabilidad del tiempo que no es otra cosa que la rentabilidad del dinero y su acumulación, pensamiento taimado por el velo ecológico. El tiempo. Los tiempos propios. Los tiempos ajenos.

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Mendoza quiere imitar. Todo aquel que quiere imitar es porque no tiene norte propio. No tiene identidad, o tal vez no quiera verse en una identidad que le es hoy anti-funcional. El Alcalde de Ciudad Suárez vive en un barrio cerrado de Chacras de Coria y viaja a la ciudad para gobernar. Abre el cantri y sale para no volver hasta la noche quizás. Gobernar la ciudad de Mendoza es una panacea para cualquier político que se quiera mostrar. Las cosas se han hecho bien en la alcaldía: “todo está prohibido”. Hay limpieza cultural y social. La basura está acorralada en las zonas hedientas. Lucen los edificios. Los ciudadanos griegos se pavonean en ágapes gourmet en las terrazas a las cuales les falta una pista para helicópteros, la asignatura pendiente. Desde el edificio Gómez se divisa: la ausencia de los pájaros y la belleza de las cosas. La ciudad es el patio de los objetos, dijo alguien por ahí.  Es un Estado cuasi paralelo al provincial. Poderoso. Un tanque, el mejor tanque. Lleno de pólvora. Las capitales de las provincias más importantes, se sabe, son espacios urbanos donde reina la insatisfacción, la abulia y el espontaneísmo. La vida cotidiana en una gran ciudad transforma a las gentes en topos que se guardan en sus casas o departamentos por el odio a lo circundante. Toda ciudad lleva en sí una contradicción: tiene todo a mano y a la vez demasiado cerca como para soportarlo. El tránsito, la noche, las masas caminantes, las marchas, los cortes de calle, la locura del ingreso y egreso de los niños en las escuelas, las novedades comerciales, las peleas callejeras, el control social, las multas, la infamia, los niños de la calles y los limpiavidrios, los festejos futboleros, la contaminación, además de su propia población anciana y joven. Los que viven en la ciudad, mayoritariamente odian la sociabilidad en un mundo imposible de ser vivido. Es el lugar donde pensar y reflexionar es prácticamente una quimera. Mientras más una ciudad crece en el turismo, la diversidad étnica, económica y cultural la gente allí se harta de la especie. Por eso, casi en todas las grandes ciudades, la derecha política es la que puede conectar, más que con los deseos de la población, con sus odios y sus rencores, con sus resentimientos de clase hacia los desvalidos que ven en la ciudad una posibilidad salvadora por el engaño de las luces. La gente no quiere a senegaleses ni a peruanos en las calles, no quiere movilizaciones ni charlas en las puertas de su edificio. El tipo social del citadino es una persona con miedo, con pánico, conservadora por defección. La multiculturalidad de las ciudades es una falacia neoliberal disfrazada. A los diferentes se los esconde como a las cenizas bajo la alfombra. El vecino es un potencial enemigo.

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Convivir con la monstruosidad, el miedo y la paranoia implica inventar dispositivos de conjura. Debemos reconocernos así, alguna vez, como animales simbólicos en medio del hedor. La ira divina fue conjurada por los hombres occidentales fabricando ciudades donde ir a parar, y amurallar el gesto y el ademán del hediento. La ciudad pensada como laboratorio por occidente ha fracasado. El proyecto burgués occidental capitalista es en sí un fracaso más allá de sus constante flujos y reflujos en el acomodamiento, desigual por naturaleza, ensayado en varias formas por una izquierda de parches o por el neoliberalismo, da igual como resultado: el fracaso. Deberíamos empezar a pensar desde la negación y desde el fracaso, asumiéndolo, como parte de esta gran obra teatral en Latinoamérica. “Somos el inconsciente de Europa”, diría Rodolfo Kusch. Lo que vino aquí es lo que no pudo hacer Europa con los propios allá. Entonces ese desplazamiento. La cultura objetual hace de la ciudad un patio de objetos donde el hombre busca “ser alguien” constantemente. La lógica occidental transforma las relaciones sociales en relaciones entre objetos y  mercancías. Y con ello un gran “desencantamiento” del mundo, tirando a los dioses por la ventana de los edificios. El hombre común se apoya en una barra de un café en la ciudad, el obrero se tira en la cama después de la jornada. El burgués busca un mejor posicionamiento en el mundo a cualquier precio. Nos hemos despegado del suelo. Justamente en eso consiste, que cualquier símbolo termine siendo objeto descentrándolo de su geocultura. Todo pensamiento y símbolo sufren la gravidez de un suelo. Esto significa pensamiento situado, arraigado a la tierra. Desde dónde se mira al mundo implica revalorizar nuestra cultura. La negación en el pensamiento popular dice “no” para reafirmar su lugar. La cultura popular está hecha de símbolos y ese es su lenguaje que esconde a la Gran Palabra. En ese no poder está el síntoma cultural de nuestros territorios. Somos semillas pisadas que de tanto en tanto crecemos subterráneamente para producir el encuentro en comunidad. Lo tenebroso no debería ser expulsado o aislado. Hay que integrarlo como parte de nuestra convivencia y diversidad. De ahí la noción de barbarie, de ahí la noción de pueblo. El gran problema que tenemos está en el alumbramiento de clases medias que siempre terminan mirando hacia otros lados olvidando de donde vienen, no situando su pensamiento y actuando desde la ira. La clase media actúa con “la ira del mercader”. O de ese comerciante tipo del que hablábamos al principio. Deshumaniza el origen de clase y pisa las semillas. Busca “ser alguien” en constante reclamo por más objetos y menos dioses. Es el fracaso también de los movimientos populares cuando llegan a un punto y no aprietan el acelerador actuando más en función de las demandas de las clases que se van acomodando, librados así al errático horizonte ideológico que no es otro que la acumulación de objetos. El tiempo se torna en un perverso mecanismo de frustración. Y de la frustración se contagian pestes los movimientos populares.

 

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