“AL PUEBLO NO SE LO SOPORTA..”

“El pueblo es insoportable por la contradictoria forma de resolver su existencia. Sin embargo, bajo ese patrón dominante de la cultura, la gente encontraba (y encuentra) intersticios para construir un saber propio por fuera del aparato escolar, por fuera de la medicina, por fuera de los mandatos religiosos…”

Hacia una antropología del peronismo

En primer lugar debemos advertir que la razón occidental dominante instiga “al orden” a como dé lugar. Hablo de todo tipo de orden: social, político, económico y cultural. Y también al orden del conocimiento y sus saberes. No se trata de pensamientos y posicionamientos de izquierda o derecha. La lógica occidental domina a todos los paradigmas o matrices de pensamiento civilizatorio, desde el marxismo académico de biblioteca al trotskismo militante de panfleto. También sucede con los gurúes neoliberales y los políticamente correctos planteos de medio pelo de la socialdemocracia que se importan “en clave modas” a la academia y política nacional. Todos instan a un orden en el discurso, a la coherencia lógica o razón instrumental, como plantean los frankfurtianos en “dialéctica del iluminismo”. La disección anatómico-política que realizan tiende a aislar, eliminar, ocultar, omitir, reprimir y combatir lo que llamo pensamientos dispersos o marginales: discursos que no proponen un orden sino que cuestionan todo orden del discurso, que revisan placas tectónicas de las teorías o se mueven con un nivel significativo de paganismo cultural. Ahí, donde no se repara, puede que haya algo para pensar en nuevas cosmogonías. Son los que se construyen sobre la base de la afectividad emocional. Y, sin lugar a dudas, estos pensamientos están vinculados a las prácticas ritualizadas de los sectores populares que se transmiten de generación en de/generación. En la salud popular por ejemplo la cura de la ojeadura, el empacho o la insolación, o la consulta a brujas que adivinan la suerte, la cadena de rezos para la cura de un ser querido, como también la vela para la Difunta Correa, al Gauchito Gil o a la Rosa Mística, por nombrar algunos casos de representaciones simbólicas. Entonces debemos aquí decir que estas prácticas constituyen rituales. Los rituales son prácticas que sostienen al mito, paradigma orientador de sentido de las acciones. Sin mitos y sin deseo no hay vida social ni cultural. Es más, me animaría a plantear que tales prácticas son anticapitalistas toda vez que el capitalismo incluye para los males que nos aquejan recetas psiquiátricas, burocracia sanitaria e higienista, administración moral y valores ligados a la importancia de la ganancia y el gasto, el beneficio, la renta y el puesto gerencial. La diversidad cultural es ponderada más como discurso que como práctica profunda. La supuesta irracionalidad de muchos pueblos de las provincias o de grupos urbanos excluidos en las periferias de las ciudades encuentra una lógica de la proximidad que pocas veces es tenida en cuenta desde los discursos oficiales. Hace poco vi un documental sobre el realizador argentino Jorge Prelorán, “Huellas y memorias de Jorge Prelorán”, quien realizó más de 60 películas de carácter etnográfico sobre ritos populares en la argentina. En ese tono debemos mencionar también la obra de Rodolfo Kusch, filósofo y antropólogo platense que investigó y reflexionó sobre el pensar indígena y popular de las masas en las ciudades, opuesto al pensar occidental. Incluyo en la lista a los poetas nadaístas colombianos con Gonzalo Arango a la cabeza, Jotamario Arbeláez y Jaime Jaramillo Escobar. Viene a la memoria además la obra poética del sanjuanino Jorge Leónidas Escudero que escribe desde una combinatoria del uso de la lengua y el habla popular inédita en la Argentina. Leer al viejo Escudero es una aventura del lenguaje. Leer a los nadaístas colombianos es viajar al vitalismo más extremo. Mirar lo que hizo Prelorán con su cine es meterse de lleno en el mundo oculto de los marginados de la argentina. Paganos y malditos. Excluidos de las academias y del establishment cultural como los propios sectores populares.

“La disección anatómico-política que realizan tiende a aislar, eliminar, ocultar, omitir, reprimir y combatir lo que llamo pensamientos dispersos o marginales..”

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Cuando niño en mi casa no había libros. Mi vieja y mi abuela no leían. Y Padre no había. Eran, según los parámetros educativos que ponderan el nivel de instrucción, “ignorantes”. En mi barrio la mayoría de la gente era ignorante. Almaceneros, empleados de comercio, peluqueras, enfermeros, obreros. Nadie leía un libro y pocos terminaban la primaria. Nunca conocí a un vecino que hubiera terminado la secundaria. “Ignorantes”. Así se les llamaba, despectivamente, a los que no estudiaban. La ideología escolar montó un discurso universal sobre el saber y el conocimiento. Y la escuela fue el dispositivo de control para medir la acumulación de saber organizada en etapas según los años de los niños. Éramos “ignorantes” arrojados al mundo. Entre muchos otros ignorantes arrojados al mundo. “Eso era común hace cuarenta años”, me podrán decir hoy, desarrollo de las tecnologías mediante, sin embargo cobra vigencia en estas épocas básicamente porque al pueblo no se lo soporta. El pueblo es insoportable por la contradictoria forma de resolver su existencia. Sin embargo, bajo ese patrón dominante de la cultura, la gente encontraba (y encuentra) intersticios para construir un saber propio por fuera del aparato escolar, por fuera de la medicina, por fuera de los mandatos religiosos. El saber ignorante. Saberes expulsados, estigmatizados, no-saberes. En esos saberes impuros y paganos había “conocimiento más que saber”. Como reza el aforismo quinto de Nietzsche en “El ocaso de los ídolos”: “La sabiduría marca límites incluso al conocimiento”. “Conocer” era para mi abuela “vivir la experiencia” (en toda la dimensión simbólica que la incluye, por fuera del estigma positivista de izquierda) Recurrir a la fantasía no-ideológica para encontrar herramientas del pensar. Escuchar el sonido del viento. Llamarlo con un canto. Leer ladridos de los perros. Conversar con las plantas. Tener a mano y en la memoria ignorante remedios caseros para las enfermedades. Y sobre todo, el mayor de los saberes aprehendidos: la calma. La calma del pueblo que espera. Esto me lleva a relacionar el aforismo de Nietzsche con una afirmación del filósofo argentino Rodolfo Kusch: “Los pueblos no quieren hacer la revolución”. Es una sentencia fuerte no obstante sirve para pensar sin prejuicios. Las formas de vida, las costumbres populares, los rituales, las ceremonias que cohesionan a la gente, son saberes malditos para el saber occidental. Y en su condición de saberes malditos, en esa situación de subalternidad, constituyen una resistencia concreta. Podríamos arriesgar y decir que las gentes resisten con sus no-saberes para “no obstaculizar” la posibilidad de seguir conociendo. Suena discordante. Aparenta una contradicción. Y sí, es una contradicción asumida en todo caso por quienes llevan vidas sencillas. Es una manera de aceptar el abismo existencial y salir del laberinto por arriba. “Los pueblos no quieren hacer la revolución” (Kusch), “La sabiduría marca límites incluso al conocimiento” (Nietzsche). Las dos sentencias invitan a pensar. Y en la cavilación puede que aparezca “el pensamiento oblicuo”. Pensamiento indomable. Tenso. Transformador. Una rara especie de Marxismo hediondo y Peronismo sentimental.

“El pueblo es insoportable por la contradictoria forma de resolver su existencia. Sin embargo, bajo ese patrón dominante de la cultura, la gente encontraba (y encuentra) intersticios para construir un saber propio por fuera del aparato escolar, por fuera de la medicina, por fuera de los mandatos religiosos…”

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La experiencia vital kuscheana del “estar siendo” es cada vez más refugio cultural de resistencia y de sobrevivencia en este capitalismo donde la tecnología nos ha envuelto en sus redes inhabituales. Herramientas del ser que anidan un estilo de vida alienante. La vida en los bares, en el cafetín, y antes en la pulpería, constituía una experiencia de sentido. Hoy por hoy el capitalismo global nos da otras oportunidades: podemos tener hasta cinco mil amigos en Facebook, ver un partido de fútbol por televisión pero desde el propio teléfono celular, o bucear en las sexualidades más diversas a través de páginas porno. En todo caso la experiencia tecnológica ofrece un servicio ideológico que nos lleva a “hacer como si”. De eso se trata al fin de cuentas el “proceso de individuación” de las masas sociales del que habla Poulantzas. Interpelar al individuo aisladamente en el universo y ofrecerle consuelo y compañía, sensaciones, vida sin adrenalina. La experiencia tecnológica ha penetrado viralmente sin límites en el cuerpo mismo. Químicamente nos hemos adaptado a la prueba de ensayo y ya somos eternos clientes de la novedad y la sorpresa que hacemos habitual. Aquella hipótesis que lanzaran algunos filósofos en los ochenta y principios de los noventa sobre la democratización de las masas a través de la tecnología se ha dado y comprobado a costa de exterminar la experiencia. Sí, podemos recorrer la amazonia por internet. Sí, podemos también visitar museos europeos y caminar virtualmente por Cuzco y la Isla de Pascua. Es más, hay juegos que permiten cambiar la historia y diseñar el futuro a la medida de nuestras ambiciones. La experiencia vital en el capitalismo se ha convertido en una mercancía. La democracia de la distorsión forense cree en el fondo que solo los sectores con criterio, educación burguesa y cultura de elite pueden imponer el concepto de democracia. Y, como no hay una democracia sino varias formas de concebirla, terminan haciendo yunta con el discurso autoritario: “democracia… ¡Es ésto!”. Y punto. El peronismo, a diferencia de “los otros”, incorpora en su democracia a la barbarie. Cuando digo “barbarie” me refiero a las distintas fracciones sociales y culturales que en la historia fueron postergadas por “los otros” y que el peronismo incorporó a través del voto femenino, leyes laborales, industria nacional, vacaciones, jubilaciones, estatizaciones, paritarias, planes sociales, entretenimiento, cultura popular, desarrollo cinematográfico, uso social de los espacios públicos, acceso a la salud y educación gratuitas, matrimonio igualitario, etc. La barbarie se incorpora a través del peronismo pero a su vez, y aquí me recuesto en lo democrático del peronismo, incorpora a los sectores medios, produce sectores medios, los fabrica, genera burguesía nacional, dialoga con los capitales concentrados, los enfrenta, los hace hocicar a veces o, según la correlación de fuerzas sociales, se rinde a ellos. 
En definitiva, el peronismo, no el PJ, sino el peronismo como espacio móvil, no fijo, nómade y rizomático, abre el juego. Incorpora radicales, intransigentes, comunistas, conservadores, liberales, católicos, evangélicos, ateos, deportistas, actores… y bascula. Siempre bascula. Esa es su principal característica, su fuerte, y a la vez su contradicción raigal: arbitrar los intereses de las clases sociales dentro de un movimiento cuasi religioso que va por dentro. El peronismo va por dentro. Y no siempre se nota. El peronismo es democrático, vertical, horizontal, diagonal, oblicuo, sentimental y, cómo no decirlo a esta altura de lo expuesto, contradictorio. El peronismo funciona como un clima permanentemente nómade. Es más, no hay más clima trotskista en la argentina que el clima peronista. El peronismo es en cierta medida, trotskismo en estado salvaje. Una locación cinematográfica para filmar películas épicas: de vikingos, de romanos, de troyanos. Nunca de meditaciones budistas. El peronismo estaría en las antípodas del budismo. Sería su contracara y funciona como velo. Es un estado de la fantasía necesaria que sostiene la realidad (Zizek). Sin embargo, también el peronismo deja la puerta abierta a los budistas arrepentidos.

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El peronismo es realidad nacional. Fantasía de “los distintos”, como en el fútbol, los distintos generan olas de ovación, catarsis y epidérmica sensación de victoria. Pero como no es excluyente ni genocida, incluye a los otros en su clima estacional, y no los mata (es a los peronistas a los que matan). El peronismo, “es”, en tanto los demás, un rizoma. No tiene raíz de pureza, como perros de la calle el peronismo popular es cimarrón desde su constitución. Es además, la negación filosófica y política de una forma de mirar, entender, comprender y sentir a este país. Y por eso no puede digerirse desde los satélites, ni en las elites culturales y sociales. Porque es el propio peronismo climático que no puede digerirse así mismo. Y en ese estado es que también se salva. Porque si se tragara sería un ex movimiento antropofágico. Y moriría. Por eso vive. El peronismo tiene a sus contrarios dentro. Los que quedan afuera es porque no tienen fe. Y el peronismo… es fe científica. Se formó desde la desesperación y nutrió de los idearios populares que le antecedieron. Por eso supervive. Porque cree. Tiene voluntad y va…preso de su propia disparación, con el libertario encierro a coser su sacralidad a puro despunte.

Marcelo Padilla

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