INVASIÓN ALIENÍGENA

 

Por Javier Ozollo (sociólogo Uncuyo)

 

En los primero días de la revuelta que conmociona a Chile, se filtró un audio de la primera dama de ese país en el cual describía su estupefacción frente a la insurrección popular con estas palabras: “… estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice, y no tenemos las herramientas para combatirlas”. Es imposible no recordar su paralelismo argentino. En el libro “El 45”, del historiador Félix Luna, se decía sobre el 17 de octubre: “Los obreros, eran una horda desaforada que tenía el color de la tierra, una caricatura vergonzosa de su propia imagen, la ciudad los vio con la misma aprensión con que vería a los marcianos desembarcando en nuestro planeta”.

Está claro que en muchas circunstancias de la historia, la clase política dominante no entiende ni puede racionalizar los fenómenos populares. Tanto en el oficialismo como en la oposición chilena, que han alternado en el poder del Estado, hay sólo estupor frente a los acontecimientos.

Esta incomprensión es propia de una determinada posición política, que termina vinculándose, en última instancia, con el racismo y su par elegante, la meritocracia. Del otro lado, los que nos posicionamos desde los sectores populares, debemos hacer un esfuerzo por entender.

La miopía de la plutocracia chilena es ideológica, pero fundada en una tremenda avaricia de las clases altas que no han diversificado la matriz productiva del país, ni han distribuido las increíbles ganancias de la exportación del cobre. Esta mezquindad no es genética, ni única de Chile, sino que en el capitalismo es una norma y no una excepción. Ese mecanismo “avaro”, sólo es limitado, en Chile y en todo el mundo por las luchas históricas de las clases populares. En Argentina, el irigoyenismo, el peronismo y el kirchnerismo son las formas políticas de esos límites. Chile, con la excepción del gobierno de Salvador Allende de 1970 a 1973, no ha tenido movimientos populares vigorosos que pongan coto económico y político al bloque dominante. Entonces cualquier análisis hay que iniciarlo desde aquí.

Salvador Allende

Allende, estatizó la explotación del cobre en 1971 cuando el Congreso aprobó por unanimidad el proyecto sobre Nacionalización de la Gran Minería del Cobre, inaugurando CODELCO (Corporación Nacional del Cobre de Chile). Luego del despegue de la revolución tecnológica de inicios de los ’80, el cobre no ha dejado de subir de precio en el Mercado de metales de Londres. La ceguera política de la clase dominante chilena es inversa a su pragmatismo económico. Si bien la proporción de participación en el mercado ha disminuido, ni siquiera Pinochet privatizó CODELCO. Esa es la base de la estabilidad y el crecimiento (sin distribución social) de la economía chilena.

Esta dualidad, estatista en su producción exportable y neoliberal en el resto de la economía, junto a una fuerte ideología meritocrática, individualista y clasista configuran a grandes rasgos el panorama general de la sociedad chilena.

El bloque dominante chileno dejó fuera del sistema político a las grandes mayorías instaurando, desde el inicio de su vida democrática, el voto optativo. Esta, aparente bandera de la libertad individual, lo que realiza en los hechos es impedir una democracia plena. El o la presidente de Chile es elegido/a, en el mejor de los casos, por el 50% de los votantes que siempre son alrededor del 45% de lo habilitados para votar. O sea, el 22,5% de los votantes, menos de un tercio, lo eligen. Porcentaje que coincide con las clases medias, medias altas y altas. Esto impide que los pobres, excluidos y proletarizados no estén contenidos por el sistema político.

Por otro lado, el sistema meritocrático unido a una economía que se vanagloria de su neoliberalismo, ha hecho que la mayoría de los bienes y servicios indispensables para la vida esté librado a los caprichos de un mercado altamente concentrado. Ello ha hecho que si bien la economía crezca y sea estable ininterrumpidamente desde la salida de la dictadura, Chile sea uno de los diez países con mayor desigualdad del mundo. También, el incremento desmesurado de precios de las aspiraciones y necesidades básicas como la salud y la educación, ha permitido que no sólo los sectores bajos queden fuera de cualquier aspiración de movilidad social ascendente, sino que también la clase media tenga grandes niveles de endeudamiento y de frustración. Por ejemplo, por los costos de la educación, familias de clase media deben elegir qué hijo puede estudiar, pues es imposible que sus ingresos les permite que más de un hijo estudie en el sistema arancelado.

La situación es explosiva, pero no desde ahora, sino desde hace 30 años. Lo que muchos nos preguntábamos es, cómo este tipo de rebelión no se produjo antes.

Sobre estas bases, es imposible una rebelión conducida desde lo político. Para poner un ejemplo, el sindicalismo que en cualquier capitalismo sería la base de la representación política de los sectores sociales descontentos, en Chile no tiene casi capacidad de maniobra. Ello se debe a que, salvo mineros, transportistas y algunos gremios aislados no hay negociación salarial y de condiciones de trabajo colectivas. Los pactos entre empresarios y trabajadores son individuales, lo que permite grandes distorsiones entre salarios y un sometimiento del sector del trabajo frente al capital.

Finalmente, hay que decir que los ejemplos históricos abundan en rebeliones espontaneas cuyo chispazo fue nimio. El caso emblemático es el de la revolución francesa de 1789. El aumento y la escases de pan en un barrio popular de París, desencadenó el acontecimiento que cambio la historia de la humanidad. Tampoco allí hubo representantes políticos previos, los conductores (Robespierre, Dantón, Saint Just) se “hicieron” en el fragor de la lucha. Es posible que esto pase en Chile.

Este movimiento está poniendo límites a los excesos y la avaricia histórica del bloque dominante, al mismo tiempo que crea sus propios dirigentes. Pero son procesos que se sabe cómo empiezan, pero no como terminan.

De radicalizarse más, con estupor las clases altas chilenas verán como los “alienígenas” ingresan en la Moneda.

 

 

 


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