Por Fernando Rule y Marta Remón -mayo 2026
Sobre llovido, mojado. Al bloqueo comercial y financiero que ya lleva casi 27 años, ahora el gobierno de Estados Unidos le impuso un bloqueo al ingreso de petróleo.
Un viaje deliberadamente programado para ver de cerca uno de los más duros momentos de la Isla de los últimos tiempos, desde el 12 de abril al 7 de mayo de 2026. Un recorrido que, aterrizando en Santa Clara, pasando por Santiago, terminó en La Habana, para volver a Mendoza. Más que novedades, obtuvimos algunas corroboraciones, como que Cuba es un país pobre, una isla cuya superficie es similar a la provincia de Santa Fe, que soporta el bloqueo comercial y financiero de Estados Unidos desde 1959, cuyos recursos naturales son limitados, en fin, como gran parte de los países de Nuestra América Latina. Los picaportes son viejos o de mala calidad, las instalaciones eléctricas son precarias, los medidores a veces están colgados de un clavo, en muchos baños no hay bidet… todo como en Chile, como en Bolivia, como en lugares de San Juan o Mendoza, como en La Rioja o Jujuy, como en Nuestramérica.
El relato de las visitas a los lugares icónicos será sumaria, pues están mencionados largamente en los relatos tan visitados de la prensa y la literatura, tanto amiga de Cuba como por aquellos que intentan – vanamente – denostarla.
Pero, para nosotros, significa ver con ojos propios, la vida y el parecer de los cubanos en un momento en que Trump castiga a todos los países que exporten petróleo a Cuba. Privar a un país pequeño de petróleo, que casi no lo tiene propio, pone a Cuba en una situación casi de sitio de guerra, sumado a la amenaza explícita de invasión militar, requiere un ejercicio intelectual particularmente importante para situar nuestra comprensión en la actual realidad cubana.
EL ATERRIZAJE EN EL AEROPUERTO ABEL SANTAMARÍA
Abel Santamaría fue uno de los caídos en el asalto al cuartel Moncada, 26 de Julio de 1953, puntapié inicial de la guerra revolucionaria y tendrá en nuestro recuerdo, el valor del principio de concreción de un sueño de alrededor de cincuenta años al fin realizado. Un aeropuerto en que al bajar a pie del avión a la pista, me hizo recordar al año 1958 en otra pista, la de Comodoro Rivadavia, en Chubut, al que mis seis años me lo hacían ver como algo inmenso, maravilloso y despoblado. Sólo mi temor al ridículo me impidió arrodillarme y besar la tierra. Allí, por las gestiones de los compañeros de “Mendoza con Cuba”, nos recibió a los gritos (bueno, pronto descubrimos que los cubanos hablan fuerte, sin remilgos) Israel, delegado del Instituto Cubano por la Amistad de los Pueblos (I.C.A.P.). Fue el inicio de sentir la cotidianidad, el trato amistoso casi de barrio entre los empleados, el desorden propio de una agencia con muy pocos empleados… hasta que nos avisaron que LA MALETA se había quedado en Panamá.
La maleta era una colaboración del grupo Mendoza con Cuba, con unos 20 kg de medicinas como parte de una campaña nacional de solidaridad, que nosotros debíamos llevar aprovechando nuestro largamente programado viaje a Cuba. El susto y el bochorno que nos embargó ante la posibilidad de no poder cumplir siquiera con ese mínimo gesto de militancia solidaria… no lo podemos explicar. Pero al día siguiente, una llamada del jefe de la Aduana de Santa Clara nos informó que allí estaba la maleta, extraviada en el desorden de la bodega sin luz y con uno o dos empleados agotados de contar y transportar valijas. Respiramos.
Israel Monteagudo y Manolo Nosecuantito – los compañeros del ICAP – nos llevaron al Callejón del Salado, donde en la casa de Yohania y Carlos nos alojaron y dieron de comer. De allí en más nos pasaron a buscar al barrio todos los días para llevarnos a conocer la Loma del Capiro, desde la que las tropas guerrilleras al mando del Che, avistaron la llegada del tren blindado que traía tropas batistianas, cuyo descarrilamiento y ataque serían la gran victoria de la Batalla de Santa Clara. De allí al propio tren blindado, que quedó así, de monumento. El frente de la sede del Partido Comunista, con su estatua en tamaño natural del Che con un niño en brazos y sus intervenciones como juguetitos en su ropa, su hombro, sus bolsillos, cada uno con un significado histórico y artístico. Luego la entrega de la maleta en la sede del ICAP. Músicos, discursos cortos, canciones de Silvio y café.
Y el Memorial del Che. Donde están, por fin, los restos de los guerrilleros asesinados en Bolivia y años después hallados por nuestro Equipo Argentino de Antropología Forense. Unos de nuestros primeros desaparecidos encontrados. De haber recordado alguna oración aprendida en mi niñez, hubiera rezado frente a esas tumbas.
La casa de Yohania, donde nos alojamos. Un matrimonio joven, con Carli y una hija de veinte años, Hermáhiony, pintora de excelencia, con una inmensa obra casi por completo dedicada a José Martí, con exposiciones en galerías nacionales. Impresionantes. Han montado un taller de pintura y ploteado de motos y motonetas eléctricas, con cuyas baterías y un convertidor a 110 voltios, suplen los momentos de cortes de luz, que son diarios y de varias horas. Unos días de vivir en familia, con una tía de visita y todo.
Santa Clara, la ciudad del Che y de Martha Abreu para los santaclarenses. Pocos autos, muchas motos eléctricas y bicicletas, es hermosa, familiar, con un aire de pueblo grande donde todos se saludan al cruzarse en las calles, donde dejan las bicicletas simplemente apoyadas en la pared.
SANTIAGO DE CUBA
Cuatro días en Santa Clara y viajamos a Santiago en colectivo de línea, la “guagua”. Santiago es alegre, llena de paredes pintadas con frases orgullosas, consignas revolucionarias o simplemente pintadas artísticas. Nos alojamos en el barrio – les dicen reparto a los barrios- de Vista Alegre, de avenidas verdes y floridas, jardines prolijos, antiguas enormes viviendas de garcas que abandonaron el país en el ‘59 y fueron asignadas y habitadas por familias que no tenían casa propia. Hoy son propietarios legítimos. Allí está el local del ICAP de Santiago. En esa casa nos entrevistamos con Sandro Sierra Vera, que nos explicó el origen y funcionamiento del Programa “Yo Sí Puedo”, un proyecto de alfabetización exportado a varios países de América Latina, invitados por Juan Carlos Vaillánt, delegado del ICAP en Santiago. Café riquísimo. Él y su hermano Lino nos movieron por todo Santiago en un viejo Lada. Ése es su trabajo, nos explicaron. Visitamos una tarde la bahía de Santiago, donde una policía, al preguntarle acerca de un lugar para descansar y tomar algo, nos pidió que nos sentáramos en uno de los bancos de lo que llaman la Alameda, aunque no vimos ningún álamo, sino árboles hermosos pero para nosotros desconocidos. Al momento, apareció con dos latas de cerveza, que no nos quería cobrar, pero al fin aceptó, conocíamos el precio. Aceptamos que esa amabilidad correspondía a nuestra condición de extranjeros. Policía sin pistola, la policía en Cuba no porta armas en la calle.
Santiago está en los estribos de la Sierra Maestra, todo es subida o bajada. Nos tomamos un descanso, un lujito, almorzando en La Casa de la Trova, un restaurante casi lujoso, al que fuimos por recomendación de un músico, que resultó el que tocaba el cuatro cubano en el grupo Valera Miranda, sones y boleros con, además del cuatro, guitarra, bajo, maracas y percusión. Toda la familia, de instrumentos y de músicos, pues la madre iba a las maracas y los coros. Una delicia. Otro día visitamos y comimos en La Bodeguita del Medio, versión santiaguera. Otro grupo de música cubana, clarinete, cuatro, violín y un cantante con una voz privilegiada. El clarinetista…igual a mi abuelo materno, el Noni, flaco, alto y con dos grandes entradas que, además de su color de piel, marcaban su ascendencia mestiza, que insinuaban una calvicie a la que no llegó, que también tocaba el clarinete, primero en el ejército, y luego el violín en una orquesta típica.
Una semana en Santiago y VIAJE A LA HABANA. Casi mil kilómetros, 25 horas de viaje. Uno de los choferes, iban dos, explicó al pasaje que seguramente no llegaríamos en los tiempos programados, pues el estado de la ruta es pésimo y lleno de baches, lo que obligaba a no superar los 60 o 70 kilómetros por hora. Además, el coche era un chino, muy confortable pero sin baño. Paraba para eso, para comprar pan en una casa de campo, para almorzar en un gran quincho, y en cada terminal de cada ciudad o pueblo… o a entregar algún encargo.
En La Habana nos hospedamos en el reparto de El Vedado, cerca del Malecón y de la heladería Coppelia.
Esos hospedajes son casas de familia que tienen un cartel en el frente: Rentador en Divisas. Con las condiciones básicas de cualquier hostel de Argentina: registro y firma con el pasaporte, aire acondicionado, baño privado y servicios opcionales de desayuno, almuerzo y cena. Un lujo y barato, en dólares o euros. Vega, el dueño de Casa, tiene un Ford inglés – Custom – con motor Lada, caja y diferencial Mistsubishi, faroles Peugeot y frenos no recuerda de qué. Pero hace un tiempo que no lo usa, a la espera de un vale o bono que lo autorice a cargar nafta. Lo que usa es un triciclo chino eléctrico, cuya batería carga enchufando en la casa. Estos triciclos son el principal medio de transporte, funcionando como taxis, pero más baratos. Vimos varios triciclos que fueron a pedal, pero a los que han adaptado un motor eléctrico chino. Los ómnibus son pocos y muy irregulares. Han implementado lo que llaman “transporte solidario”: los potenciales pasajeros esperan haciendo colas en las esquinas, un inspector, identificado con un chaleco de colores, hace señas a los autos que van con un solo pasajero, que puede parar voluntariamente o no, pregunta dónde va y anuncia a la fila que hay tantos lugares para tal lugar, ordenando así la fila. Funciona.
La heladería Coppelia está en franca decadencia. Hay un solo gusto, chocolate. Y muy pocas empleadas que corren y apenas dan abasto. También fuimos al cine. “Nora”, película cubana, muy buena. Lo mejor, aire acondicionado. La avenida 23, con el Malecón al fondo, nos llevó una noche al Hotel Nacional, un lugar de lujo donde apenas tomamos un café. Pavos reales, una banda de boleros compuesta por mujeres y al fondo, a modo de monumento, las trincheras y túneles que se hicieron cuando la crisis de los misiles en el ’61. Pocos clientes, la mayoría cubanos. No hay turismo. En ese tren, fuimos a la playa Mar Azul, con un enorme hotel del mismo nombre, por un pasaje de cinco dólares ida y vuelta, se trata de un coche que tomamos en El Paseo, en La Habana Vieja, que pasa por un recorrido de playas cada cuarenta minutos, va y vuelve. En el bus íbamos cinco pasajeros, sólo nosotros extranjeros. El hotel, de cinco pisos, casi vacío, en la playa, unos cincuenta bañistas blancos y varios empleados negros llevando tragos y ofreciendo hamacas y sombrillas. Nos mojamos los pies para cumplir con la foto.
En el puerto de La Habana, un antiguo y enorme galpón, bodega, de dos pisos, convertido en una gran feria para turistas, charlamos con varios muchachos que trabajan allí. Después de intercambiar cigarrillos les hablamos de la marcha del Primero de Mayo y, al respondernos que no les interesaba, Marta les espetó, provocadora, que entonces estaban con Trump…al unísono gritaron que no, que con ese hijueputa no querían saber nada. Todos tienen claro quién es el enemigo. Aunque en todas las casas donde estuvimos tienen algún pariente emigrado a Panamá o a Estados Unidos. Lo cuentan con comprensión y con cierto dolor. Otros con una bronca mal disimulada, como un padre que decía “que se joda, ya aprenderá”, que no consigue empleo estable, que el alquiler les sale carísimo, que están pensando siempre en volver… sólo uno contaba que le manda cien dólares al mes, otro que está esperando hace tiempo su legalización como residente…y así por ejemplo.
Las críticas al gobierno son del tipo “cuando Fidel estábamos mucho mejor”, o “Fidel debería haber flexibilizado su idealismo y negociar con los gringos”, aunque no logré que me dijera qué cosas podría haber negociado. Un conductor de triciclo afirmó “este país está colapsado, con Fidel hubiera sido diferente”, un vendedor de tostones (unos como galletas de banana frita, con aspecto de papas fritas) nos dijo “los cubanos estamos diseñados para soportar esto – se refería al bloqueo actual – pero no podrán con nosotros”, otros, hablando de las amenazas, reales, de invasión militar por tropas de Estados Unidos, terminaban sosteniendo “que lo intenten, ya verán…”. El orgullo por su Patria es una constante.
También nos topamos con lúmpenes, buscas, que se dedican a embaucar turistas. Hasta hubo uno que se nos presentó como el viceministro de cultura y nos regaló un par de libros viejos para luego mangarnos plata…ahí aflojamos 200 pesos cubanos y nos despedimos.
En La Habana tuvimos tiempo para ver televisión. Es una delicia ver programas de todo tipo sin propaganda comercial. Los teleteatros son una pasión de cada familia, no se lo pierden.
En varias esquinas de los barrios se acumula basura a la espera de combustible para los camiones que, cada algunos días, la recogen.
A las cinco y media de la mañana nos juntamos en la avenida 23 y J, para la MARCHA DEL PRIMERO DE MAYO, rumbo al Malecón. Una de las columnas que, desde diferentes zonas de la ciudad, se irían juntando, en el acto central. Ya frente al mar, hacia el oeste, a la Tribuna Antimperialista, frente al edificio de la embajada de Estados Unidos. Más de medio millón de personas, la mayoría jóvenes, cantando consignas contra los gringos, contra Trump, y canciones de Silvio Rodríguez, de las que casi todos conocen las letras. Un espectáculo de bailarines folclóricos, que sólo vimos luego por televisión, pues estábamos muy lejos del escenario. Enormes columnas de parlantes en toda la extensión de esa enorme playa de casi mil metros de largo. Discursos de la dirigencia sindical y de algunos gremios, casi todas mujeres. Grupos de jóvenes bailando bachata. Una fiesta emocionante, que casi me aflojaron las lágrimas. Ver amanecer en la venida y en el Malecón es un acontecimiento que nunca olvidaremos. Un mar de gente que serpenteaba en la desconcentración con la guía de unos, calculo, cien policías desarmados, amables, indicando por dónde salir.
No vimos villas miseria, no escuchamos renegar de la Revolución, no vimos niños mendigando (dos viejos nos pidieron limosna, viendo que éramos extranjeros…en cuatro semanas), no vimos gente durmiendo en la calle, nadie nos alertó que no camináramos de noche por calles mal iluminadas, que son casi todas. En el centro de La Habana, preguntamos a un policía por un mercado…nos pidió un momento de espera, pues estaba requiriendo la documentación a un motociclista, luego nos atendió. Otro le estaba haciendo una multa a un ciclista por entrar de contramano a una avenida…hay muchas bicicletas.
Ya en el Aeropuerto de La Habana, para volver a casa, donde se cortó la luz dos veces, nos quedamos pensando que aún hay gente en nuestra Patria, que se alegra de saber que un pueblo sufre, sólo para corroborar que tienen razón de pensar que Cuba es una tiranía…y nos avergonzamos, y la vez nos alegramos al haber comprobado que los cubanos resisten. Y resistirán.- Marta Remón y Fernando Rule – mayo de 2026.














