LA CURSADA

Por Julian Padilla

Tuve un compañero de facultad que se obsesionó con una materia. Al principio no entendía cómo la cátedra de ECONOMÍA podía generarle tanta pasión, a Él, que solo se interesaba por la música. Claro, rápidamente el tipo se dio cuenta que en realidad se había enamorado de la profesora. Y lo comprendo, la mina explicaba todo desde una horizontalidad que no podías dejar de escucharla. Keynesiana, metódica y peronista, una mujer hipnótica.

La tipa era picante y a mi amigo le sacaba una sonrisa, se tentaba con sus comentarios y emocionaba por su conciencia de clase, se ponía celoso cuando hablaba del marido y en días de lluvia llegó a imaginarse siendo el padre del hijo que llevaba en el vientre. Se hizo respetar tras aprobar con soberbia los primeros parciales, supo cargar con la mochila del “alumno pródigo” y en la segunda mitad del año ya se llamaban por el nombre. Sin embargo nunca se animó a hablarle después de clase, ni siquiera para trastabillar con algún comentario chupamedia, de esos que ayudan a romper el hielo cuando la jerarquía pareciera ser parte del aire.

Cuando compramos el calendario ya era noviembre y quedaban apenas 3 semanas para cerrar la cursada. Mi brother comenzó a adquirir una particular melancolía en la mirada, dejó de preferir juntarnos para estudiar y, en clases, tenía la intuición de verlo escapar al baño para llorar con tranquilidad. 

Lunes y martes se lo escuchaba entusiasmado en audios de whatsapp. Los miércoles y los jueves se encerraba a transcribir las clases que él mismo grababa con el celu. Los viernes ingresaba al curso corriendo y volvía caminando solo. El fin de semana desaparecía. Su “single” no se publicó en la fecha que prometió en redes y borró todas las fotos de su perfil.

El primero de diciembre con el calor húmedo que transmiten los ventanales llegó el examen final. Al otro día viajábamos a Mendoza para concluir el año junto nuestras familias lo que le transfirió a la situación el carácter de trámite, pues, tanto a mí como a mi amigo no nos costaba sentarnos a leer. Ingresé puntual al curso y me acomodé en silencio. La profesora parecía iluminada, llevaba consigo unos zapatos Oxford, un pantalón beige y una blusa de seda negra que exageraba sus ya 8 meses de embarazo. ”11 y 10, no espero más”.- exclamó, y cerró de una maniobra la puerta del aula. Deslizó una hoja pulcra en cada pupitre devastado del curso, pero en mi fila de asientos sobraba un examen. Era el de mi amigo, que no se presentó a rendir. Tampoco llegó a la inscripción de materias del año siguiente y a decir verdad nunca más lo vi.

Mendocinos que aleatoriamente visitan la capital me contaron que suelen verlo antes de las 23 en el Wall-Mart de Dorrego, dicen que allí compra una damajuana Íride de vino tinto y que la lleva por la noche como un fruto de plomo, desgastándola sorbo a sorbo hasta que llega el amanecer. También hay quienes dicen que interrumpe las clases de la Facultad de Economía, ingresando a cursos a las 11 en punto para refutar comentarios liberales de los profesores. Dicen que sus palabras son exactas, que cita a Ricardo, a Diamand y a Keynes, pero que resulta imposible mirarlo a los ojos.

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