NO HAY FUTURO

A más de un año vista, deberíamos recordar que predecir el futuro no es trabajo de las ciencias sociales, así que sólo podemos anotar algún, siempre escaso, parte de guerra, mientras explotan las bombas al lado nuestro

Patrick Boulet

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Por la mañana me lavo las manos a conciencia. Así consigo olvidar los ojos arrancados por la policía en Chile, Francia o Irak. Antes de comer, me vuelvo a lavar las manos con un buen desinfectante para olvidar a los migrantes amontonados en Lesbos. Y, por la noche, me lavo nuevamente las manos para olvidar que, en Yemen, cada diez minutos, muere un niño a causa de los bombardeos y del hambre”

Santiago López Petit, “El Coronavirus como declaración de guerra”. Sopa de Wuhan

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Contaba un compadre que en la oscuridad de la dictadura se encontró con un amigo en la calle San Martín, cuando se acercó el otro intencionalmente desvío la cara y pasó rápido dejándolo con el abrazo vacío.  Bastante tiempo después se enteró que su amigo había sido chupado por los asesinos en esos días y hasta hoy se encuentra desaparecido. Ahí comprendió aquel gesto, su amigo presumía que lo seguían, quizás así era, y quiso protegerlo. En aquellos tiempos un saludo podría significar la muerte, como tantas veces pasó.

He pensado en estos días, no sé por qué, en aquel gesto, cuando la propia vida está en riesgo, seguir pensando en el otro, la otra.  Gesto de las y los militantes de un mundo mejor.

Quizás haya de esos gestos cuando la pandemia se lleva puesto a este lejano lugar del mundo pobre, pero no se ven mucho. Acaso porque lo que se ve es   sobre todo la voz y la imagen de   aquellos que más tienen en las sociedades injustas, que amontonan capital económico, cultural  y también vacunas en cámaras frigoríficas mientras mueren miles. El sentimiento de humanidad y de comunidad ha fallado, si es que antes estaba.

En Italia cuando explotó el Covid el año pasado, llegaron barcos con mascarillas, respiradores y medicinas donadas por la República Popular China, en las cajas, en cada barbijo decía “somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín “ , quizás una de las frases más recordadas atribuidas a Kung Fu Tzu quién camino Manchuria en el siglo 5 AC, y quedó como uno de los grandes filósofos de la humanidad. Lejos estamos que Occidente pudiera comprender el gesto y el mensaje.

El pensamiento occidental, o sea europeo, pasa del negacionismo  al estilo de Giorogio Agamben, que sofisticadamente repite “es una gripecita” como el tiranozuelo Bolsonaro hasta el increíble pronóstico de un optimista  Slavo Zizek en cuanto a que el Sars II tirará al gobierno chino y luego al capitalismo para dejar la tierra lista para el comunismo, la sociedad deseada, que soñara Karl Marx. 

La sociedad sin Estado, la sociedad sin clases sociales no fue pensada inicialmente como un plácido jardín, ni aún en su peor borrachera,  por el viejo Carlos. Sorprendente que un comunista haya obviado las duras sentencias de Marx, en el tercer libro de El Capital, cuando con toda claridad muestra su pesimismo en cuanto a la salida de la crisis terminal del capitalismo, en donde sólo quedará la tierra arrasada. Aún suponiendo que esta fuese la crisis terminal,  que no hay muchos indicios para afirmarlo, la salida no sería el “mundo feliz”.

A más de un año vista, deberíamos recordar que predecir el futuro no es trabajo de las ciencias sociales, así que sólo podemos anotar algún, siempre escaso, parte de guerra, mientras explotan las bombas al lado nuestro.

La  hiper explotación del planeta y el consumo desenfrenado , signo del capitalismo del siglo XX y XXI han disparado, entre tantos otros males,  algunas pequeñas moléculas destructivas de rápida propagación como la que en cuatro  días destruyen los pulmones de un hombre o de una mujer menduca. El fatalismo ni los discursos de “ya está todo perdido” sirven aquí, lo grande y lo pequeño que podamos hacer para parar el hiper consumo y la destrucción del agua, el aire y la tierra, hay que hacerlo ya, sobre todo desde lo colectivo presionando a los gobiernos para que regulen el extractivismo salvaje.

Las recetas contra la Peste no han cambiado mucho respecto al siglo XIX. Como cuenta  tan profundamente Michel Foucault o tan bellamente Albert Camus, el encierro general y el aislamiento de los “leprosos” parece ser la receta, y el miedo siempre presente como clave del sometimiento. Oriente,  otro planeta, apuesta a seguir funcionado con un estricto control cibernético de la población, otra forma de miedo y disciplina . El celular avisa que tenés 38,5 de temperatura y no debes salir a la calle, y si hubiese algún migrante argento que sale igual, su celular también le avisó a la policía que lo muele a palos para recordarle que no lee correctamente la info. Byung Chul Han, alemán escapado de la Corea que acá dicen que es buena, cuenta que esto pasa tanto en República Popular como en su Corea, Japón o Singapur y que además el sentimiento de lo colectivo es mucho más fuerte en Oriente, o sea, en este barrio mata más el individualismo que el bicho.

La desigualdad estructural capitalista incrementada  por el neoconservadorismo a fin del siglo pasado y en este mismo, no se soluciona con la emergencia por Covid, por el contrario se profundiza. Eso parece en este corto tiempo, al menos en Occidente.  Las medidas sanitarias  congelan y profundizan lo anterior al encerrarnos en 500 metros cuadrados o en 20.

 Con acceso al mundo virtual o sin él, con calefacción o sin ella. La intencionada frase “el virus no discrimina” es una falsedad en si misma en las sociedades actuales , claro que discrimina entre quien comió y quien no lo hizo y también deberían hacerlo las políticas para combatirlo.

El capitalismo y la represión que conlleva mantenerlo, no se detiene por crisis y pandemias, mientras tranquilamente escribo en mi casa, el Estado asesino de Colombia mata seres humanos por el simple hecho de intentar que no los exploten aún más para que Uribe y sus primos no se sigan llevando toda  la guita que el emperador de Nueva York permite. El autoritarismo de las grandes burguesía es parte de la historia capitalista, lo hemos sufrido todes, no ha sido dejado de lado por emergencia sanitaria. Siempre que el pueblo luche, enfrente estará Robocop para enfrentarlo.

Las crisis capitalistas son tan duras para el pueblo como el bicho mismo Desde el lado de la gran burguesía no es un solo un problema que no se pueda vender, sino que no se pueda vender rápido para mantener la tasa de ganancias, como tan sabiamente recordaba Marx.  La burguesía impulsa que todas las crisis las pague el pueblo recortando el “gasto” social, por eso, entre tantas cosas, no se mantiene hoy en Argentina el Ingreso Familiar de Emergencia por algunos meses para toda la población que no puede salir a trabajar, aunque el gobierno nacional ha reforzado otros aspectos de la inversión social. Ni El FMI, los bancos,  ni la gran burguesía argentina están dispuesto a poner nada para que muera menos gente o se invierta más en la población de menos ingresos. Cuando la burguesía gana menos hay que ajustar a los pobres, esa es la consigna.

Acompañando a su patrones, la derecha política argenta casi en la peor caricatura de sí misma, y eso que son todas feas, ensayó desde el negacionismo total, el repudio a las vacunas y el amor repentino por la educación pública que desprecian y desfinancian en sus gobiernos. Atribuyéndose la defensa de las libertades públicas prioritarias, tales como contagiar a quien yo quiera y ser taxi gratis del virus todas las veces que se me ocurra. Es preocupante que estas malas traducciones del inglés tengan algún grado de consenso en la población, que quema barbijos en exaltadas marchas. No sólo se explica esto por el monopolio que el discurso conservador tiene en los grandes medios de comunicación  sino también  habla bastante de quienes pensamos opuesto.

 Las crisis capitalistas ni sanitarias, tampoco son siempre la víspera de un nuevo mundo, aunque sea tan poco nuevo que como advierte Byung Chul Han, sus colegas europeos lo llaman “Nuevo Orden”. El  “cuando peor, mejor” que tan ingenuamente suelen repetir algunos autodefinidos de izquierda, casi siempre es “cuando peor,  peor”, sobre todo para el pueblo pobre que necesita la cena de esta noche no que su autoproclamada dirigencia  anticipe peores mundos. El nuevo mundo no sale sólo de la crisis sino de las mayorías unidas por pensamientos, sentimiento y acciones colectivas. Elementos de la historia que la niebla virósica no deja ver aún.

Mientras escribimos, alguien tiene miedo, alguien se ahoga, alguien se muere. Eso es lo que importa o debería al menos.

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