LA INEVITABLE BELLEZA DEL LAMENTO

Por Julia Guzzardi

Es imposible pensar en el inicio de una historia, no se puede registrar conscientemente un inicio pues todo al final termina estando conectado, al momento de escribir no hay inicios, hay conciencias de inicios.

Me costó muchísimo tiempo descubrirlo y un poco más, aceptarlo. Frente al desafío de darme cuenta de mi inicio en la magia de las palabras; me encontré confundida, las palabras están siempre, pero ¿en qué momento empezó ese intercambio energético? ¿en qué momento no me quedó más remedio que escribir? No me malinterpreten, pero me cuesta pedir herramientas extra a la hora de expresar.

Viajé un par de años atrás y me encontré en la casa de mis abuelos con mi abuela, debo haber tenido siete años, estaba viendo las comas que, por fin, empezaban a tener algún sentido. Me habían dado un texto al cual debía ponerle las comas y de pronto, un mundo nuevo.

Mi mayor atracción fue cómo un solo punto con una colita pegada podía cambiar todo con un simple aparecer. “No te quiero”, “No, te quiero”. Orgasmo gramatical. Luego de eso, empecé a prestarle atención a cómo hablaba la gente. Si me perdía una coma, podría perderme un océano de historias y ¿quién quiere perder un océano de historias?

Seguido a eso las estructuras sociales surtieron efecto y me volví chusma, en fin. Pareciera que tenía un imán, las personas me contaban muchas cosas: simples, más complejas, más abstractas; había veces que incluso creía que una fuerza mayor me presentaba un debate.

Escuchar a las personas con atención tiene como efecto colateral la instantánea empatía hacia todo aquello, al menos en mí. Me desafiaba al pensarme en esas situaciones, me planteaba: si vos estuvieras ahí, si eso te pasara a vos, ¿qué harías? De pronto, me encontraba saltando de posibilidad en posibilidad; desde Troya hasta un cuento de hadas; podría ser hermoso, podría ser horrible, podría amar un montón.

Podría sufrir un montón. Y aunque en varios episodios de mi existencia eso fue definitivamente un punto de conflicto para con todas las situaciones que se me presentaban en mi individualidad, fue un “flash”,  en dialecto adolescente, darme cuenta de que durante mucho tiempo tenía algo que podía nutrir, algo que podía transformar. “Perspectivas”, un viaje.

Veía gente en la parada del colectivo y pensaba: “¿se amarán? Seguro que tienen una disputa familiar que no los deja estar juntos. Él está cansado, ella muerta de ilusión, cree que lo ama, pero no se da cuenta de que en estos cuarenta minutos no lo ha mirado a los ojos en ningún intercambio de palabras, que ellos llaman conversación”.

Tenía 12 años y millones de palabras que ansiaban explotar en forma de colores, pero como todo púber en su momento, no creía que tuviera sentido ni que fuera importante, ¿qué podría ser tan importante como para decirlo?

Aceptar lo que podemos hacer, es muchas veces más difícil que aceptar lo que no podemos hacer, el autoboicot es característico de cualquier ser humano, más si sos adolescente.

El proceso de cómo empezó esta aceptación del océano de historias que corrían en mí y a mi alrededor ha sido la inevitable belleza del lamento.

No hay inicio reconocible como tal en este viaje, pero qué placer por fin explotar.

Me llamo María Julia Guizzardi, tengo 16 años, soy estudiante, militante y amante de las estrellas. Le temo a las palabras y amo escribir. Digo odiar a los humanos al menos una vez por semana y sin embargo sigo amando. Estoy en constante cambio y después de tanto, ansío la quietud. 

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