PATAGONIA, CRÓNICAS MÍNIMAS

Por Patrick Boulet

Jerelaut@yahoo.com.ar

 

Cuentan que allá lejos, en el siglo XVI, Fernando de Magallanes, el ocupante, vio unos hombres y mujeres altes, parados en el borde del estrecho que hoy lo recuerda y los llamó “Patagones”, (monstruos, bárbaros) Así el bello nombre Aonikenk se perdió en la larga noche sureña, no sólo el nombre se perdió, contra elles se llevó adelante unos de los tantos genocidios de la Patria Grande y uno de los menos recordados..

De los “Patagones”, salió Patagonia y durante el siglo XX y el nuestro se construyó y se construye en identidad de migrantes. Los neuquinos, rionegrinos, chubutenses y santacruceños o los habitantes del mundo que paran por acá son eso, patagónicos, así lo sienten, así lo cuentan.

Se percibe la Patagonia aún antes de pasar el Colorado, en la soledad de la pampa que la precede, en el viento que comienza a soplar hasta volverse huracán cuando se pasan los verdes valles del paralelo 42. Algo distinto, en las miradas relajadas que seguro contienen los largos días de estepa y viento, algo de estar en el mundo o siendo con el frio y el viento eterno, Y quizás eso se sienta más en el llano, fuera de las ciudades, donde brotan pocos pueblos pequeños o puestos en las estancias, símbolo de la dominación. Esto siempre desde la mirada del viajero, espejado en los vidrios del auto, en donde todo parece lejano y es seguramente incomprensible. La estepa sólo se entiende cuando se vive en ella, dicen los pobladores y  les creemos. Todo puede mirarse desde la ruta o desde el Aike, aquellos lugares donde los Aoniken paraban algún tiempo en su largo camino nómade, y es muy diferente.

Quizás por eso es imposible contar la Patagonia, y no lo pretendemos, sólo pintar algunas imágenes mínimas, siempre incompletas desde la mirada que pasa.

Al detenerse en cualquier parador de viajeros y motoqueros, en el medio de la nada, se puede hablar con el pibe del bar, pero difícilmente entenderlo, siempre distantes como la estepa, la foto de la soledad.

Las estancias de ovejas primero, el petróleo, la minería luego, siempre prometieron traer el oro que regara la estepa que justificara la contaminación y la destrucción, la promesa del progreso de la mano del capital de afuera que poco reparte, que tanto se lleva.

Los terratenientes de antes, los Braun , los Menéndez, se bañaron en la sangre de Aoniken y peones, en muchos casos coincidentes, para construir sus imperios laneros, ojalá la historia les dé su lugar y la misma ubique a los nuevos mercaderes  que aparecen detrás de las torres de petróleo y los explosivos mineros.

Los pueblos patagónicos quizás ya poco esperen del milagro del capital y cada vez más recuerdan la destrucción y el saqueo de los bienes comunes, aquellos que permiten pensarnos con la tierra que nos construye.

Algo de eso, de la relación con la tierra deben sentir los guanacos, zorros, liebres que parecen no tenerle miedo a su máximo depredador, algo particular, algo más común con el  Mapu,  deben estar haciendo las mujeres y los hombres de por acá.

Los héroes de la libertad

Cuentan por acá lo que también contó Osvaldo Bayer.

En inicios del siglo XX la lana bajó en el mundo y eso hizo que los estancieros del sur-sur, como los Braun, de los supermercados “La Anónima”, la familia de  Marcos Peña, profundizaron la explotación ya terrible de las estancias. Empezó la huelga, pidiendo lo mínimo, velas para alumbrarse, no vivir hacinados, no trabajar los sábados y cobrar salario.

El gobierno de Hipólito Yrigoyen mandó al ejército arreglar el problema de los estancieros.  Fusilaron a los obreros, después que se habían rendido, más de 1500 asesinados por el ejército argentino, una vez más al servicio de los dueños de la tierra.
Casi todos chilenos, casi todos de rostros de los pueblos Aoniken o Chonkes.

A la vuelta de Calafate, sobre la ruta provincial 15, en lo que aún es la estancia “La Anita”, mataron a muchos entre ellos “El  Alemán”, mítico luchador anarquista, en ese lugar se los recuerda.. En la entrada de Gobernador Gregores, en un lugar que tan exactamente se llama Cañadón de los Muertos., también mataron a decenas. Por el trabajo de los les luchadores de la memoria, se recuerda a los héroes, en los lugares donde los estancieros sacaron las cruces que antes el pueblo puso.

 Como Santiago, en Cushamen, en la vera de la ruta 40, en agosto de 2017 o Rafael en el Lago Mascardi, en noviembre del mismo año.

 La Patagonia tiene sus héroes, algunos con nombres, otros miles anónimos, desde que empezó la ocupación.

Hielos

 

Aquí es el fin del mundo” suelen decir en El Calafate la villa boutique del gran Lago Argentino. El fin del mundo donde hace poco llega el avión, que lo llenó de chinos, rusos y japoneses que toman, comen y sacan fotos con la misma frecuencia. Otra manera de ocupar el silencio de los lagos, generosamente bienvenidos por los ocupantes argentos, que resisten el invierno contando lo dólares que llegaron en Aerolíneas. Otra Patagonia.

El Calafate es un arbusto de frutas chiquitas, que quien las prueba siempre vuelve. Un cerro y un pueblo que en verano lleno de mujeres y varones que hablan otra lengua. El viento acompaña y casi no hace frío ni en el agua.

La villa es  famosa también  porque aquí murió Néstor Kirchner y vive eventualmente Cristina Fernández, a quienes todos “conocen” y poco cuentan, quizás con algo de respeto y de miedo.

“El Moreno” o “El Ventisquero” , como le dicen en el sur del sur, es la estrella de los hielos. En todo el mundo retroceden, pero él parece no enterarse. Cada chine tendrá su foto por muchos años más. En cada rato soltará un bloque y rugirá para que se enteren.
Por acá dicen que es el único en la esfera que deja acercarse tanto, por eso Babel ocurre en cada balcón. Cuando el Perito duerme en invierno quizás sueña con las cámaras

Otras decenas de glaciares se reparten en el macizo patagónico, el tercero del mundo por su superficie, una reserva inmensa de las que retroceden al compás del calentamiento. Entre ellos los inmensos y lejanos Upsala y Viedma, el Mayo, el hermoso Spegazzini, Seco, Hansen y …. Claro, todos son All Inclusive, a ellos se llega sólo por barco y con varios dólares, sólo para elegides, donde un obrero patagónico nunca irá.

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La tierra de los duendes

Los Aonikenk lo llamaban montaña humeante, Chaitén. La colonia lo llama Fitz Roy. El cerro más alto, el de los dos picos.
Después salió una villa en su base, hace poquito (1985), impulsada por el miedo a la ocupación chilena. El huemul se esconde y ya casi nadie lo ve, dicen que está, mirando desde lejos. En el silencio de los senderos se escuchan a los pájaros carpinteros obsesivos con un tronco. A veces pasa un zorro. Entre las lengas los senderos que rodean al Chanten, son caminados por visitantes silenciosos y respetuosos de hojas y bichos, en una onda especial que sólo necesita su Tolkien para que surjan las historias.

El hielo retrocede pero permanece, como en el Piedras Blancas , el más cerca. Cómo en el Viedma o el Upsala.

Babel recorre los senderos de lengas, calafates y flores. Un lugar de los que quedan, de los que aún se esconden.

 La Patagonia parece estar esperando, acaso que sus pueblos decidan el camino, y no los tan lejanos Buenos Aires y Santiago.

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