BEBOTEO, CULTURA DE LA VIOLACIÓN

 

Por Vero Benitez

 

En los años 80/90 con la irrupción de las “Lolitas” en el mundo mediático, niñas -adolescentes comenzaron aparecer en tapas de revistas, publicidades y medios de comunicación como íconos y prototipos de mujeres deseadas. Las edades de las mismas rondaban entre los 12 y 16 años y causaban furor en el deseo colectivo de los varones.

Dominique Swain en “Lolita” (1997)

En su origen, “Lolita” nace de una novela del escritor ruso Vladimir Navobok en 1955, y trata sobre la obsesión de un hombre adulto con una niña de 12 años. En 1962 fue llevada a la pantalla grande de la mano de Stanley Kubrick y en 1997 por Adrian Lyne. Lolita es, para algunos, la historia de una nena desobediente y atrevida que provocó lo que se le vino encima, el abuso sexual.

En este punto, es donde ponemos nombre y apellido a la situación: ABUSO SEXUAL, cometido por un adulto sobre la voluntad de una niña. Es acá donde desató (y desata) polémicas la historia de esta niña (y muchas otras) y el hombre abusador. ¿Historia de amor precoz o una historia de abuso sexual justificada?

Generalmente nos encontramos en un mismo punto en la historia del machismo y el patriarcado, y es que de algún modo se enfatiza sobre el actuar de las mujeres, más allá de su edad justificando todos los tipos de violencia existentes. Se naturaliza, una nena precoz, un varón que aprovechó esa oportunidad y detrás miles de mujeres y niñas sometidas en una cultura que no solamente avala sino que promueve.

“Lolita”, dirigida por Adrian Lyne

Lolita de creación literaria y comercial se convertía en la niña adolescente objeto de deseo. Vestida de colegiala, de piel suave, comiendo un chupetín, tomando un helado, sonriente, pura y de mirada ingenua encaja perfectamente en el estereotipo de mujer sumisa y funcional al placer y deseo del varón hetero cis. Eso se vende, eso se compra. Con el surgimiento de la globalización como proceso social, cultural y económico este producto estereotipado atravesó el mapa. Y con el producto, ciertos signos y significados de algún modo se repartieron y se adoptaron, generando un discurso y una cultura implícita, la cultura de la violación.

Durante los años setenta y el resplandor de la segunda ola feminista el concepto de “cultura de la violación” fue utilizado por las feministas para concientizar sobre la normalización de la violencia sexual. A través de libros y documentales, se visibilizó cómo los medios de comunicación y la cultura popular perpetuaban las actitudes hacia la violación. Así, el feminismo empezó a cuestionar la normalización de la violencia y el sexismo imperante en la sociedad.

Nadie explícitamente puede decir en este contexto, que está de acuerdo con la cultura de la violación y menos aún si estamos hablando de menores porque hablar de abusos de menores tiene un nombre, pedofilia. Eso esta socialmente rechazado, miramos determinadas instituciones con resquemor y rechazo al conocer las historias de abusos sexuales. ¿Y cómo miramos la legitimación mediática y el consumo de la misma, en sus diferentes formas?

En la actualidad estamos ante la cuarta ola del movimiento feminista, podemos decir que existe una revolución desde distintos aspectos y una es el lenguaje. Utilizábamos el lenguaje no sexista y como eso no alcanzó para dar luz en los lugares de oscuridad y para nombrar lo que antes no nombrábamos pero existía, le abrimos camino al lenguaje inclusivo. No es un modismo, no es una perversión del lenguaje. Es un modo de organización comunicacional para incluir e iluminar lo que históricamente estuvo escondido por la heteronormatividad. Cuestionamos el modo de organización social, política, económica y cultural. ¿Cómo no vamos a cuestionar el lenguaje que es parte de esa organización?

Nicole Neumann , modelo. Año 1993

Existe una enorme responsabilidad desde los feminismos de pensar y repensar el lenguaje, por eso poner en discusión palabras dominantes y la jerga actual es fundamental. Si buscamos en google el significado de la palabra beboteo encontramos definiciones tales como “actuar de manera insinuante con el objetivo de seducir, ya sea personalmente o por medio de fotos o vídeos en redes sociales.” Otra definición detalla: “Actuar, una mujer, de manera erótica, sexual, insinuante, cuando se realiza una actividad así sea la manera en la que bebe, mastica algo o modula”Y una tercera definición, dice: “Cuando se actúa de manera exageradamente erótica, sensual, seductora o insinuante”.

Si googleamos “beboteo” aparecen imágenes de modelos y vedettes que ninguna cercanía etaria tienen con las niñas y menos aún de les bebés. También nos encontramos con imágenes ligadas a la erotización y exhibición del cuerpo que tampoco corresponden a los comportamientos de estos rangos etarios. Estamos frente a una sociedad hipersexualizada, donde el consumo y la exposición no solo del cuerpo sino también de la sexualidad están sobrevaluados.

No critico particularmente el uso del propio cuerpo, ni la liberación y libertad sexual, pongo de manifiesto la asociación de esto con la historia de legitimación de la violencia  sexual en los medios de comunicación. ¿Qué nos erotiza? ¿Qué te calienta? ¿La infantilización de la sexualidad? Antes lolita, ahora bebé.

La construcción cultural de lolitas lleva más de 60 años y con el correr del tiempo sus denominaciones han ido mutando, no tanto así sus características. Esta niña salida de un cuento perverso en “la vida real”, se convirtió en un símbolo sexual, un arquetipo que muchas quieren ser con un culto exagerado a la juventud. Recordemos las tapas de Florencia Peña como la “pechocha”, de Nicole Neumann en revista Gente a los 12 años o el personaje televisivo de Julieta Prandi como “la nena de Francella”. Podemos nombrar  infinitas tapas de revistas con mujeres de distintas edades encarnando personajes infantiles como fantasía sexual predominante.

“Pone a Francella”, año 2001

En Argentina muere una mujer víctima de la violencia machista cada 30 horas, según un estudio de la Casa de la Mujer las franjas más vulnerables a femicidios son niñas y adolescentes. En los casos de abuso sexual predomina también esta franja y se dan dentro del ámbito familiar o con victimarios conocidos. Desde pequeñas nos enseñan a taparnos para no “provocar”, porque la culpa y revictimización son parte de la cultura de la violación. ¿Hasta cuándo vamos avalar con el lenguaje la erotización de la niñez? ¿Vamos a seguir alimentando el morbo del orden establecido?

¿Cuándo dejamos de legitimar la violencia sexual infantil y todos los productos que satisfacen los deseos del modelo patriarcal? Ese beboteo no me lo robo.

 


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